domingo, 10 de abril de 2011

EDUCAR CON CUENTOS: EL AGRADECIMIENTO

Siguiendo el esquema propuesto en PROGRAMA DE EDUCACION EN VALORES A TRAVES DE CUENTOS os proponemos el tema de este mes.

“Gracias papá, gracias mamá”… ¡Qué bien nos sientan estas palabras cuando las oímos! Parece que son como un bálsamo que alivia las “heridas” producidas por el esfuerzo y la lucha de esta labor de ser padres y madres. Todas nuestras fatigas han merecido la pena.
Ciertamente el instinto de paternidad y maternidad es admirable, no mide ni regatea esfuerzos a la hora de alimentarlos, cuidarlos y formarlos. A pesar de ello, cuando crecen y tienen edad de comprender y valorar, deseamos que se den cuenta de todo lo que han recibido, no tanto por nosotros, sino porque ser desagradecidos, creerse con todos los derechos y que todo nos parezca poco, no adorna a nadie.
Ocurre que para ser agradecidos, al igual que con otros valores, es necesario trabajar la sensibilidad. Mientras que unas manos sensibles tocan y perciben con precisión la textura de las cosas, unas manos encallecidas pierden esta capacidad. Aunque parezca mentira, también las personas pueden llegar a “encallecerse” y perder la capacidad de valorar y agradecer lo que se recibe de los demás si no hacemos nada al respecto. Recordemos que los niños crecen hoy en una sociedad cómoda, donde, si nos descuidamos, reciben demasiado y apenas tienen que aportar (en muchas ocasiones, nos conformamos con el estudio… si se le puede llamar estudio). Esto puede llegar a formarles la convicción de que tienen derecho a todo lo que se les da (y cada vez más) mientras que el aportar es ya una cuestión de gustos, de su inclinación o ganas…no hay obligación.


¿Qué podríamos hacer?

Se nos ocurren varias cosas.
Una, importantísima, es “que oigan” hablar de este valor, para que sepan que existe. Y como toda buena lección, junto a la teoría va el ejemplo o ilustración que aclara todas las dudas. Si nosotros, padres y madres, somos agradecidos, nuestros hijos lo podrán ver e imitar; podríamos compararlo con el inglés, que se aprende mejor con unos padres ingleses que con todas las academias del mundo juntas.
Sería el momento de hacernos esta reflexión: ¿somos agradecidos?; quizás también nosotros podríamos aumentar nuestro nivel.
Desde el típico enseñarle de pequeñitos a decir gracias cuando reciben algo de alguien, a otras muchas cosas como que oigan agradecer y valorar: la comida, el tiempo y esfuerzo que lleva prepararla; que oigan lo agradecidos que estamos del orden que han dejado en su habitación, de su colaboración en casa; que oigan cómo valoramos los aspectos positivos de sus profesores, que indudablemente tienen, cómo nos admiramos de la labor tan meritoria, del esfuerzo, interés, tiempo y responsabilidad que les mueve… en algunos a niveles inverosímiles… A fin de cuentas todos somos lo que somos gracias, entre otros, a los profesores que hemos tenido en nuestra vida y que han construido una pequeña etapa de nuestra formación.
Que oigan cómo agradecemos a los vecinos o amigos los favores recibidos y cómo estamos dispuestos a devolverles los favores como muestra de agradecimiento.
Han de oír de nosotros muchas cosas positivas de los demás y pocas negativas, pues es de justicia y objetivamente real. A nuestro alrededor existe un amplio paisaje de cosas positivas, si lo sabemos y queremos ver, ¿vamos a detenernos justo en las desagradables?
Pero lo más valioso y lo que más bien les hace es que oigan de labios de mamá cosas bonitas de papá, y viceversa, que oigan de labios de papá cosas bonitas de mamá. Que oigan agradecernos el uno al otro lo que aporta el otro, lo que ayuda, sus cualidades, sus capacidades, sus atenciones… Que lo oigan, y que lo oigan con calor. Esto hace mucho bien a los hijos…y a los padres. Cuando nos sentimos valorados, nos sentimos bien. Además se ancla el deseo de no defraudar al que confía, espera y agradece mi labor, mi actuación. También nos ayuda a mirar con aprecio al que me agradece, así como miramos con más afecto al que decimos gracias; todos estos sentimientos aumentan la unión.
Que nos oigan, que nos oigan… ¡Realmente les contagiaremos ese sentir! Y serán positivos, sensibles y agradecidos.

Otra cosa que podríamos hacer es “actuar”. Los niños se hacen idea de la importancia de las cosas según sean nuestras reacciones. Por ejemplo, si ante una contestación maleducada no hacemos nada, deducen que no es muy grave lo que han hecho. Si rompen una figurita de porcelana y nos enfadamos mucho pensarán que es gravísimo (cuando en realidad puede haber sido un accidente sin mucha culpa).
Si queremos hacer comprender lo importante que es valorar o agradecer, hemos de estar atentos. A lo mejor un día, un niño de la clase que cumple años regala un detallito a todos. Resulta que ante aquel obsequio en vez de agradecerlo se pone a protestar que lo quería de otro color o el de otro compañero. Si esto ocurre por primera vez, hemos de explicarle que a todo hay que decir gracias sea lo que sea, porque el regalito es precioso (aunque a él no le guste; eso es problema nuestro) y a fin de cuentas mi compañero me lo regala con toda su ilusión y generosidad y se pondrá triste con mi contestación. Pero si esto ocurre por segunda vez, le diremos que como no le gusta nos lo quedaremos nosotros para alguna ocasión que haga falta. Y no se lo daremos. De esta manera aprenderá a valorar, agradecer y pensar antes de hablar, y no dejaremos que crezca en él esa mala costumbre de exigir con menosprecio.
Esto puede aplicarse, siempre con serenidad y cariño, en muchas circunstancias y edades. Si no empezamos pronto, ¿qué ocurrirá en la adolescencia y juventud?


JUEGO MOTIVACIÓN: LOS GENIOS AGRADECIDOS

Nuestros hijos se van a convertir en unos “genios” de esos que salen de las lámparas maravillosas y están dispuestos a cumplir nuestros deseos, en agradecimiento a haberles sacado de su pequeña lámpara. Nos pueden conceder un pequeño deseo por día. Los vamos a escribir en las solapas del popular juego come-coco, que se hace doblando un cuadrado de papel. Si lo hacemos con un pliego de cartulina grande, les gustará mucho. Pintamos las solapas o les pegamos papel de colores.



Cada día nos pedirán que digamos un número, harán mover el come-coco tantas veces como indica el número que hayamos dicho y a continuación escogeremos un color. Levantarán la solapita y leerán nuestro deseo. Ejemplos pueden ser: no pelearse hoy con el hermano, ordenar tu habitación, sentarse pronto a estudiar, barrer la casa, saludar a los vecinos que hoy te encuentres… Como los conocemos, sabemos qué les vendrá bien.



HISTORIA DE LA PRIMERA SEMANA: PRECIO POR CADA TAREA

David era un niño de doce años que tenía una hermanita, Sara, que acababa de cumplir cuatro.
La quería mucho, pues había deseado enormemente tener un hermanito o hermanita hasta que nació ella y además resultó ser una niña muy agradable y cariñosa.
Un día los padres de David se vieron obligados a ausentarse un sábado porque los abuelos habían tenido un grave percance y tenían que atenderlos. Por más que pensaron con quién dejar a los niños, no encontraron a nadie. Viendo la urgencia del caso, que David era mayorcito, y que ambos niños eran responsables y sensatos, los padres decidieron marchar dejándolos solos.
David- le dijeron- al final tendréis que quedaros solos hasta las cinco. Cuida mucho a Sara y portaos bien, sabemos que eres responsable y nos fiamos de ti. Te dejaremos una hoja con un horario para que estéis ocupados.
Y así se fueron. David cogió la hoja y leyó el horario; había tiempo para todo: rato de estudio, rato de descanso, rato de trabajo, rato de juego…con todas las explicaciones para atender a su hermanita.
Cuando llegaron los padres se alegraron mucho de que todo estuviera en orden y de que David hubiera cuidado muy bien a Sara, con lo cual felicitaron mucho a los niños. Pero cuando los padres fueron a acostarse esa noche, vieron una carta que David les había dejado bajo la almohada. Decía así:

Queridos padres:
  • por haber hecho la cama de Sara …0.50
  • mi cama …0.50€
  • por haberle dado de comer a Sara …0.50€
  • por haber barrido la casa …0.50€
  • por haber hecho los deberes …0.50€
…..
total 5€

Los padres sintieron una profunda desilusión y tristeza al leerla. Se miraron en silencio y se acostaron, sin apenas articular palabra.
Al día siguiente, el padre entró en la habitación de David con toda naturalidad, para despertarle. David lo miró con cara de incertidumbre y hasta con un poco de apuro. De hecho no se había atrevido a darles la carta personalmente, pero, oye… ¡había hecho muchas cosas y se lo merecía!
Su padre le dijo: “David, mira debajo de tu almohada algo que mamá y yo te hemos dejado …” y salió de la habitación. David encontró un sobre, lo abrió con prisas y encontró… 5€ y… una cartita de papá y mamá.
-¿Qué será? – pensó el niño, y leyó:

Queridísimo hijo:
  • Por haberte dado la vida… 0€
  • Por las noches pasadas en vela para amamantarte y consolarte …0€
  • Por cuidarte con cariño, alimentarte y procurarte vestido… 0€
  • Por leerte cuentos, por ayudarte a los deberes …0€
  • Por jugar al fútbol contigo …0€
…
Total …0€
Te queremos mucho: papá y mamá.

Cuando David leyó la carta, le brotaron lágrimas en los ojos y se sintió profundamente avergonzado. Fue a la cocina, abrazó a sus padres y les pidió perdón por esperar dinero de cosas que se han de hacer sin medida, generosamente y por amor.


HISTORIA DE LA SEGUNDA SEMANA: EL PLATO DE MADERA

Ocurrió en una casa donde vivía una familia formada por un matrimonio, un hijo y el abuelo paterno. El abuelo era muy mayor. Después de haber pasado toda una vida trabajando duramente en el campo, de sol a sol, por ofrecer a sus hijos lo mejor, ahora le temblaban mucho las manos y aunque quería evitarlo, era imposible. Lo peor era a la hora de comer, pues se le caía la comida de la cuchara y se manchaba sin remedio. En varias ocasiones se le cayó el plato rompiéndose éste y manchando el suelo. Ante este panorama, su hijo y la nuera se enfadaban y le reprochaban, hasta que tomaron la decisión de hacerle un plato de madera y llevarlo a comer aparte, en el patio, donde no hubiera tanto problema de ensuciar. Allí, el pobre anciano comía como podía, notando muchas veces cómo se le deslizaba la sopa por la barbilla y sobre todo la humillación.
Un día, cuando el padre de familia llegó de trabajar del campo, encontró a su hijito tallando una madera.
-¿Qué haces, hijo, con esa navaja tallando un trozo de madera?
-Mira papá- le dijo con inocencia y como quien ha tenido una buena idea- estoy tallando un plato de madera para ti, para cuando seas tan viejecito que te tiemblen las manos y tengas que comer fuera.
Fue entonces cuando el padre se dio cuenta de su actitud desagradecida y arrogante. Esa misma noche hizo pasar al abuelo, le sentó a la mesa y con sus propias manos le llevó la cuchara a la boca, le limpió suavemente la barbilla porque comprendió que era el momento de devolverle toda la atención que en su vida había recibido de él.

(Cuento popular)


HISTORIA DE LA TERCERA SEMANA: SOLO POR UNA COSITA NO VOY A OLVIDAR

En la clase de Alberto había 22 niños. Se llevaban bien, bueno… había alguna que otra peleilla de vez en cuando, pero dentro de lo normal. Alberto había llegado hacía dos años al colegio, y pronto estuvo muy integrado. En el recreo hacían partidos de fútbol y él solía jugar en el mismo equipo que su mejor amigo, Sergio, con el que tenía gran afinidad.
Un día, en uno de esos partidos, otro compañero, Carlos, que jugaba en el equipo contrario, cayó por tierra justo cuando tenía casi un gol metido, a dos minutos de fin de partido. ¡Qué coraje le entró! pues podía haber hecho ganar a su equipo. Quizás por este mal humor, cuando llegó a la fila para subir a la clase y se topó con Alberto, que llevaba una gorra, le empujó para que subiera más rápido, le insultó y le quitó la gorra arrojándosela lejos.
Sergio salió en defensa de su amigo Alberto, pero Carlos desapareció escaleras arriba. Sergio le dijo entonces a Alberto:
- Es un tonto, yo de ti no le volvía a dirigir la palabra.
Pero Alberto no dijo nada.
Al día siguiente, al llegar la hora del recreo y de escoger equipo, le tocó a Alberto pedir. Después de dos elecciones escogió también a Carlos. Sergio se acercó a Alberto y le dijo:
-¿estás loco?
Entonces Alberto respondió:
-oye Sergio, Carlos es muy buen jugador; además le aprecio mucho porque el primer día que llegué a este colegio tú no sabes el miedo que yo tenía, pues era un novato y todos se conocían. Carlos ese día se me acercó, me enseñó todo el cole e hizo que ya me metiera en un equipo a jugar. Se lo agradecí de corazón y volví a casa mucho más tranquilo. Ayer él estaba disgustado por lo del gol; chico, sólo por una cosita que me ha hecho no voy a olvidar aquel favor que me hizo ¿no crees?
Sergio hizo un gesto con la cabeza, como diciendo: bueno, vale… y jugaron estupendamente aquella mañana.


HISTORIA DE LA CUARTA SEMANA: QUIERO OTRA MAMA
(Recomendado para el día de la madre)

Había una vez una chica, Carolina, ya adolescente, que se quejaba continuamente de su madre.
- Desde luego- decía – que suerte tiene mi amiga Alicia que su madre le deja ir donde quiere y hasta la hora que quiere.
Otro día era: pero ¿para qué me haces estudiar esta tarde, si todavía falta mucho para los exámenes? ¡ay, mamá, qué aburrida eres!
O si pasaban delante de un escaparate: mamá ¿cómo dices que no me hace falta otra camiseta, si Marisa tiene por lo menos doce?
Y así, día tras día. Sufría ella y hacía sufrir a sus padres, claro.

Un día por la noche tuvo un curioso sueño. Resultaba que al ir por la calle, vio una tienda con un rótulo que jamás antes había leído: “TIENDA DE MADRES”. El escaparate mostraba grandes carteles: ¡¡Grandes ofertas!! , ¡Aproveche la ocasión y cambie de madre!
Aquello pedía entrar aunque fuera por curiosidad. El interior era amplio, iluminado y agradablemente decorado. En las paredes había infinidad de cajones, cada uno con un título. La tienda estaba llena de chicos y chicas, todos muy ajetreados abriendo y cerrando los archivadores, leyendo la ficha técnica donde se explicaban ampliamente las características de cada modelo de madre.
Carolina también se acercó a los cajones y empezó a curiosear: Madre artista, Madre protectora, Madre rica…
Abrió uno que decía: Madre Deportista. Bueno… podría ser interesante, a fin de cuentas a Carolina le gustaba mucho el baloncesto. Leyó:
“Le gusta mucho el deporte y le preocupa mucho estar en forma y cuidar la dieta, por ello intenta que toda su familia coma mucha verdura y fruta y rechaza chuches y dulces.
No sé… ¿ya no podría comer las tartas y bizcochos que su madre le ponía todos los domingos? ¡y como me ponga espinacas con frecuencia…!
Se levanta muy temprano y va a hacer footing, siempre intenta, como buena madre, ir con alguno de sus hijos…
¡uy, que pereza, a mí que no me lo pida los domingos!
Lo que no perdona nunca son las caminatas de los sábados por la tarde con sus amigas, porque caminar es de suma importancia para tener un corazón joven y fuerte”
Entonces, ¿ya no tendría los juegos de sobremesa con toda la familia? ¡para una cosa buena que hacemos en casa!..Mira, mejor dejo esta madre…

Luego vio otro título atrayente: Madre belleza
Puede estar interesante, la verdad que la madre de Begoña es guapísima y todos aplauden lo que dice o hace, incluso cuando critica a alguien. Hasta viste ser amiga de Clara, su hija…

“Es una madre que causa admiración. Tiene una bonita cara y un tipo envidiable. Para ello gasta considerablemente en productos de belleza, ropas y complementos que son de elevado precio. Por supuesto mantenerse bella tiene un coste.
Vaya, pues si gasta tanto, adiós a mis camisetas de antojo…lo mismo me recortaría más
Tener esa imagen lleva también mucho tiempo en arreglarse, maquillarse, lavarse el pelo…
Hum… lo mismo voy al baño y está siempre ocupado…
Por supuesto se mira mucho en el espejo y puede engreírse con facilidad
Con lo que me fastidia a mí que no me miren cuando quiero decir algo a alguien. Ya me la imagino respondiéndome ausente sin retirar la mirada del espejo… nada, nada, no me convence, otra.
Madre marchosa:
Le gusta la marcha y salir todos los fines de semana, incluso hasta altas horas de la noche…
Ésta seguramente está bien, porque si ella sale, no verá mal que yo también lo haga…yupiii
… como consecuencia se levanta los sábados y domingos sobre las 11:00 ó 12:00…
¡uy!¿quién me llevará a mí a los partidos? Lo mismo se enfada el entrenador y me deja sin jugar
… como le queda la mañana corta compra cualquier cosa para comer…
¡cualquier cosa!¡cualquier cosa! Lo mismo nunca hace las croquetas que hace la mía, que son mi comida preferida…ni hablar…fuera esta madre…

Y así fue leyendo: Madre permisiva, Madre empalagosa, Madre lectora…Madre en su punto…
¿Madre en su punto? ¿Qué querrá decir? Voy a ver que pone.

Madre en su punto:
Es una madre que quiere muchísimo a sus hijos, por ello busca siempre el bien de ellos, aunque tenga que renunciar a algo...
Bueno, eso en realidad es lo que tiene que hacer una madre…
…por ello les enseña a realizar tareas domésticas, y aguanta las quejas y malas caras con paciencia aunque preferiría hacerlo ella misma. Le anima pensar que el día de mañana estarán preparados para llevar con soltura cualquier tipo de situaciones.
…no creo yo que haga falta tanto, pero en fin, aunque sea exagerada por lo menos tiene buen corazón…
Lo mismo ocurre con los deberes y estudios, siempre a punto para animar, proponer, ampliar, apoyar en las dificultades …
Esta madre parece muy exigente; lo del estudio es un rollo, pero la verdad es que cuando me atasco siento un gran alivio cuando me lo explican y logro acabar los deberes…
Juega con ellos, los lleva al parque, con bicis…
Eso al menos está muy bien, si señor, jugar, claro que sí…Bueno, pues…pese a las limitaciones creo que ésta puede considerarse una buena madre; creo que ésta es la mejor que he visto.

Fue al mostrador con la ficha del modelo y la solicitó.
-Ahora mismo, señorita- dijo el vendedor amablemente.
Atravesó las cortinas de la trastienda y apareció con una madre sonriente, con los brazos abiertos.
Carolina sintió un vuelco de alegría en su corazón . Era su madre.
-¡Mamá!- dijo emocionada, mientras se abrazaba a ella- ¡Te necesito!

domingo, 6 de marzo de 2011

EDUCAR CON CUENTOS: FAVORES Y DETALLES



Siguiendo el esquema propuesto en PROGRAMA DE EDUCACION EN VALORES A TRAVES DE CUENTOS os proponemos el tema de este mes.

¿Qué os parece si hoy empezamos el tema con el primer cuento del mes?

HISTORIA DE LA PRIMERA SEMANA: PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO

Julio y Enrique iban a 3º de Infantil y tenían 5 años. La profesora les mandó jugar en el rincón del mercado. Tenían una tienda muy maja, provista de tomates, pimientos, patatas, verduras... en fin, de todo un poco y un gracioso carro de compra. Al cabo de un rato se peleaban porque los dos querían el carrito.
La profesora les invitó a pensar en el otro.
-¿Y qué es pensar en el otro?- dijo Julio.
- Os lo voy a explicar con un cuento – dijo Manoli la profesora.
“Había una vez un duende que quiso enseñarle a una niña, Maribel, el país de las penas y el país de la felicidad.
- Vamos primero al país de las penas –le dijo el duende a Maribel.
Le llevó a un gran salón, muy bonito y acogedor, donde había una mesa larguísima, llena de manjares, helados y chuches. Alrededor había muchos niños que querían comer de la fiesta, pero ... ¡no podían doblar los brazos! Entonces cogían algo, y no podían metérselo en la boca porque no podían doblar el codo. Así, todos gemían y nadie comía, y sufrían de no poder saciar su apetito.
– Vamos ahora al país de la felicidad –dijo el duende. Aparecieron en el mismo salón, con la misma mesa y los mismos manjares, helados y chuches. Llena de niños que no podían doblar los brazos.
–¡Eh! –dijo Maribel– querido duende, te has equivocado y me has traído otra vez al país de las penas.
–No, Maribel, fíjate ahora lo que va a pasar.
Los niños que estaban a la mesa pensaban: “Pobre niño de enfrente, no puede comer porque no puede doblar el codo. Voy a darle yo" y eso hacía, cogía algo y le decía: “Toma, amigo, come que ya te doy yo” “Oh, gracias, toma tú también” –respondía el otro. Y así comían todos y se reían felices, pues todos se preocupaban de los demás y todos quedaban saciados.
Manoli la profesora les explicó:
– ¿Veis? ¡Qué bonito! Ahora podéis hacer lo mismo. Julio puede pensar: ¡Qué agusto jugará mi amigo con este carrito tan mono! Se lo voy a dejar para que eche tomates y fruta. ¡ Se lo pasará en grande!
Julio miraba atentamente a Manoli y enseguida dijo:
– Toma Enrique.
Su amigo jugó un rato, pero él también había comprendido la historia y también quería hacer feliz a su amigo. Por eso, al cabo de unos minutos se acercó a Julio con el carro y le dijo:
– Ahora te toca a ti un ratito, que yo ya lo he tenido.
– Gracias.
Sin darse cuenta, al cabo de un rato, Julio y Enrique jugaban tranquilamente sin pelear y compraron y vendieron un montón de cosas.
* * *

Este cuento, que es una adaptación a nuestra medida de un cuento oriental, tiene una gran enseñanza.

El espíritu competitivo de nuestra sociedad, la vida de prisas que llevamos y el egoísmo innato al hombre producen un efecto de “ir a la nuestra”, que parece ir aumentando en cada generación. A esta situación podemos llegar sin mala intención, sin darnos cuenta, pero ser de hecho una realidad, una triste realidad: no vemos más allá de nosotros mismos.

Ciertamente, mirar en exceso por uno mismo es un espejismo que se paga caro, promete satisfacernos y realizarnos, pero llegada la hora no es así. Recuerdo el comentario de dos personas hablando de un tercero que, pisando a los demás, parecía haberse posicionado en su trabajo:"Déjalo, en estas cosas ya sabes: el que “gana” pierde”. Y era así: perdía amigos, perdía buen ambiente de trabajo, perdía que la gente confiara en él... aunque ganara mayor sueldo o prestigio social.

Para empezar, vamos a proponer una experiencia en el campo familiar: cojamos lápiz y papel y pensemos una pequeña lista de las inquietudes, necesidades, gustos, aficiones que tienen los otros miembros de la familia. A continuación viene lo mejor: atreverse a tomar esta lista como propia. No tengamos miedo a dar nuestro tiempo a los nuestros, aunque tengamos que renunciar a veces a alguna tarea o afición. Aunque nos parezca perder, ganaremos mucho: en buen ambiente , en unión y amistad, en confianza, lo que dará lugar a que nos cuenten sus cosas. Ganarse el afecto de los hijos y del consorte vale más y da más satisfacción que cualquier otra cosa de este mundo.

Cuando se piensa excesivamente en uno mismo, so pretexto de asegurar nuestro bienestar, se entra en una espiral cuyo centro soy yo y mis intereses, una fuerza de gravedad de la que es muy difícil escapar; cada vez se necesita más, recibir más, tener más derechos, más y mejores condiciones. El tiempo para uno mismo siempre resulta escaso. Esta espiral acaba ahogando. ¿No lo hemos experimentado con frecuencia?

Proyectar nuestra vida hacia el exterior puede, sin embargo compararse con una espiral que gira desde el centro hacia fuera, en círculos cada vez más amplios, que nos hacen respirar mejor. Nuestro horizonte se ensancha.

Para sacar nuestra vida de la rutina no hay nada mejor que dar sorpresas, pensar qué puedo hacer hoy para que estemos más a gusto; pensar en cómo sorprender y llegar muy dentro a los otros. Pueden valer muchos gestos sencillos: sacarse un tiempo para pasear juntos, jugar a un juego de mesa toda la familia (olvidando por un momento todo lo que a mí me apetecería hacer o adelantar); preparar un postre o comida especial que sabemos gusta mucho; valorar (y expresarlo verbalmente) lo mucho que los otros hacen por el resto de la familia; aliviar el trabajo del otro adelantándonos a hacerlo y que se lleve la agradable sorpresa de que alguien piensa en él/ella …
A veces hay hermanos que se pelean mucho; ésta es una manera de fomentar que se lleven mejor, se potencia el entretenerse en cómo sorprender al otro con un detalle, en vez de entretenerse en cómo chincharle. A todos nos va bien reforzar la delicadeza en casa. Así echamos leña al fuego del cariño en el hogar, cosa que de no hacerse, puede extinguirse.

Hemos de vivir todo esto para que nuestros hijos lo vean, lo respiren y lo aprendan. Todos queremos hijos sensibles, agradecidos, … pero esto hemos de ganarlo a pulso. Si somos nosotros, padres y madres, amigos de detalles y de pensar en los demás, nuestros hijos aprenderán de forma natural, a tener esta sensibilidad que tanto se necesita en la convivencia.

Imaginemos por un momento que gracias a una herencia nos hemos convertido en unos multimillonarios; nos sentiríamos gozosos de poder ir repartiendo a manos llenas a nuestros seres queridos y amigos. ¿Por qué no sentirnos así sabiendo que podemos ser millonarios de detalles y favores que aun les darán más felicidad?


JUEGO MOTIVACIÓN: “FUEGO EN LA ISLA”

Ahora os proponemos un juego que fomenta el pensar detalles para hacer a los demás.
Nos pondremos un fin de semana con nuestros hijos a dibujar en un gran cartel un paisaje de mar con dos islas caribeñas, separadas unos 20 cm una de la otra. En una de ellas hay fuego. En ella viven muchos animalitos que ahora están en peligro de muerte. (Estos animalitos los podemos recortar de cuadernos ya usados del cole, revistas, cuadernillos baratos de colorear, o dibujados por ellos). Los ponemos pegados en la isla con un pequeño celo.
Ahora cada niño va a tener una pequeña canoa donde cabrán él o ella (será un muñequito que lo represente) y uno de los animalitos que quiere salvar. El objetivo es llevarlo a la otra isla, donde estará a salvo y vivirá muy a gusto entre sus palmeras. Para ello, la canoa tiene que avanzar 5 ó 6 tramos ( puede ser útil el belcro adhesivo para fijar la canoa y marcar los tramos; también puede ser plastificar el trayecto con un celo ancho y usar un rollito de celo normal para pegar la canoa al camino). Cada vez que el niño/a tenga un detalle con alguien de la casa, avanza la canoa.




¡A ver a cuántos animalitos logramos salvar! Es toda una hazaña ayudar y arriesgarse por alguien, sensibilizarse por las necesidades de otros.
Al final de mes podemos hacer una fiesta con globos y cadenetas (siempre preparar todo con ellos, poniendo mucha emoción, que les gusta muchísimo) para celebrar que TODOS se han salvado gracias a nuestra generosidad y disponibilidad. ¡Celebremos que en nuestra casa nos queremos!


HISTORIA DE LA SEGUNDA SEMANA: “SORPRESA A MAMÁ”

Era una familia con tres niños: Beatriz, la mayor, tenía 10 años; Luis 6 y Marcos 4.
En el colegio estaban trabajando el tema de la paz, que suele ser a finales de Enero. Y Beatriz, que solía tener brillantes ideas, les propuso a sus hermanos el siguiente plan.
– ¿Qué os parece si hoy le damos a mamá una sorpresa? En vez de pelearnos vamos a tener todo hecho antes de que vuelva de comprar.
En esto sube la madre por la escalera pensando:
¬– Ay, madre mía, espero que no se oigan gritos nada más entrar.
Al llegar al rellano buscaba con prisas la llave para entrar en la casa lo antes posible; como tardaba en encontrarlas pudo notar un extraño silencio en la casa. Por eso paró y escuchó con atención. Se oían cuchicheos. Metió la llave en silencio y entreabrió la puerta, pero no entró. Quería seguir escuchando.
– Rápido, los vasos – se oía la voz de Beatriz.
Se oía a alguien manejando vasos de la cocina al comedor.
Luego otra vez pasitos, algo se les debía haber olvidado. Mamá esperó hasta que dejó de escuchar las carreritas de los niños del comedor a la cocina y viceversa. Al fin hizo ruido con la puerta para que los niños se percataran de que ya había llegado.
– Bueno, niños, ya estoy aquí con la compra – disimuló.
Oyó risitas y como que corrían a esconderse. Mamá dejó la compra en la cocina e hizo como que buscaba a los niños.
– Ya estoy aquí, ¿dónde estáis? – se dirigió al comedor.
Se oían las risitas de Luis y Marcos, los más pequeños y cómo asomaban la cara por detrás de las cortinas.
– ¡ Bueno! ¿qué es esto? – dijo en voz alta–. ¡Qué mesa tan bien puesta! ¡Oh, maravillas! ha venido un hada.
Los niños salieron del escondite riendo y saltando
– ¡Hemos sido nosotros! ¡hemos sido nosotros! – decía Luis.
– Mamá y ... ¡huele! –decía Marcos poniendo las manos en la nariz de mamá.
– ¡Oh, qué olor a jabón! – decía mamá. – ¡ Qué manos tan limpias!
Todos estaban contentos, muy contentos, y sólo por pensar en mamá y darle una sorpresa.

HISTORIA DE LA TERCERA SEMANA: ELISA Y LOS PANECILLOS.

Elisa era una niña de 7 años. Vivía en su pueblo, cerca del castillo, donde vivía su amable rey. Este rey, se preocupaba de que ninguno de sus súbditos pasara necesidad. Y aunque corrían tiempos de sequía, y por ello de pobreza, se esforzaba porque al menos tuvieran diariamente una buena ración de pan. Por eso ordenaba al panadero que todos los días hiciera tantos panes como habitantes había en el feudo. El panadero empezaba haciendo barritas medianas, pero al final se daba cuenta de que la masa no llegaba para todos y acababa haciendo los últimos panes más pequeños. Y esto pasaba todos los días. Con deseo de que tuvieran una buena ración, el panadero empezaba optimista y al final siempre se quedaba corto. ¡En fin!
Después de sacar los panes del horno, se subía en su carreta, se dirigía a la plaza central del pueblo y allí acudían todos a coger su ración diaria.
A las 12 del mediodía todos los habitantes iban allí, pues era la hora del reparto. Elisa también iba, encargada de recoger los 5 panes que le correspondían a su familia y a su abuelo.
Al principio la gente hacía cola educadamente, pero al cabo de unos meses ya no tenían tantos miramientos, sobre todo cuando observaban que unos panes eran más grandes que otros. Con que empezaban a empujar, a colarse, incluso a pelearse por ser los primeros en recoger.
Elisa observaba y comprendió que esa forma de actuar no era propia de personas. Sabía que había panes para todos y pensaba que prefería llevarse los que quedaban, aunque fueran más pequeños. De todos modos, si no era ella la afortunada, lo sería otra familia, ¡que más daba!, el pan no iba a desperdiciarse. ¡Que les aproveche! Ese era su generoso deseo.
El rey observó esto durante varios días desde su ventana. Y aunque le apenó la actitud egoísta de muchos de sus ciudadanos, le consoló la generosidad y amabilidad de la niña. Al cabo de un tiempo, al rey se le ocurrió una idea para premiar a Elisa.
Un día, cuando Elisa recogió sus panes y se fue a casa, la familia de la niña tuvo una agradable sorpresa: al partir el pan, cada uno descubrió en su panecillo una moneda de oro. El rey había ordenado al panadero que en lo sucesivo pusiera una moneda de oro en los cinco panes más pequeños; de este modo premió a Elisa por su delicadeza y generosidad.

HISTORIA DE LA CUARTA SEMANA: TODO UN DETALLE.

Contaba un señor, que se sentía muy afortunado porque él vivió en una familia donde sus padres y hermanos pensaban en los demás.
Así, contaba una anécdota ocurrida a sus dos hermanas mayores , pongamos Sara y Anabel.
Un día la madre les compró dos vestidos: uno amarillo y otro naranja y le dejó escoger a Sara. A ésta le gustaba mucho el naranja, le parecía que claramente era más bonito. Y por eso mismo, pensó que a su hermana también le gustaría más. Entonces Sara dijo que le gustaba más el amarillo para que Anabel se pudiera quedar con el naranja.
Mira por donde Anabel suspiró:
– ¡Ay! Bueno, vale, yo me quedo con el naranja, que es muy bonito mamá.
Este pequeño suspiro le dio la pista a Sara que Anabel prefería el amarillo y le propuso cambiarlo. Ésta sonrió.
Al final las dos contentas por tener un bonito vestido y sobre todo por tener una excelente hermana.
¿Verdad que te gustaría tener un hermano o hermana así? Alguien tiene que empezar.


También son muy interesantes los populares cuentos "El Príncipe feliz" y "El gigante egoista" de Oscar Wilde que va bien releer de vez en cuando. Hay algunas versiones totalmente lacrimógenas.

domingo, 6 de febrero de 2011

EDUCAR CON CUENTOS: HABITO DEL ORDEN

Siguiendo el esquema descrito en PROGRAMA DE EDUCACIÓN EN VALORES A TRAVÉS DE CUENTOS, os proponemos el hábito del orden.

El orden, como muchos otros hábitos, requiere una buena dosis de paciencia. ¿Por qué será que cuesta tanto conseguir que los hijos aprendan y gusten los buenos hábitos? Mucho porque una característica propia de los niños es la inmadurez, y hay que contar con ella (cosa que muchas veces no hacemos). Otra porque requiere esfuerzo (y eso, tanto niños como adultos, llevamos y sentimos dentro la ley del mínimo esfuerzo). Quizás también, y de esto podríamos hablar un poco, porque lo hacemos desagradable, y claro, lo desagradable, no gusta.
Nos ocurre así porque, sin querer, padres y madres, tenemos un “contador” interno de las veces que hacen algo mal, en concreto, hablando del orden, de las veces que encontramos cosas sin recoger. Un contador que nunca se pone a cero, sino que suma de día en día, de manera que ya, a primera hora de la mañana, al encontrar algo fuera de sitio, nos sale un imperioso: ¡Recoge!, que deja de piedra a cualquiera. Ya estamos cansados de tener que estar repitiendo lo mismo todos los días.
Entonces, empezamos a probar nuevas fórmulas, a cual más “agradables”, con el objetivo de encontrar algo que les haga reaccionar: alzar más la voz o gritar, amenazar, humillar, castigar… posiblemente conseguimos una respuesta más inmediata, pero menos eficaz. El niño recoge, sí, pero no por gusto, si no porque no le queda otra salida, o aún peor, por temor. Así no le puede resultar agradable. Dicho de otro modo, esta forma de educar en vez de inculcar gusto al valor y atraerlos, los distancia, les hace repeler lo propuesto… JUSTO LO CONTRARIO de lo que pretendíamos.
¡Qué necesaria es la paciencia y la estrategia!

Comparémoslo con el aprendizaje de conocimientos intelectuales. No consideramos mejor profesor al que transmite mayor cantidad de conocimientos, sino al que consigue que aprendan más. Por ejemplo, un buen profesor de primer ciclo de primaria no se empeña en enseñar a sumar, restar, multiplicar y dividir a sus alumnos. Sabe que no están capacitados y que sería agobiarles. Acabarían aborreciendo la escuela porque sentirían constantemente la insatisfacción de fracasar una y otra vez en los ejercicios.

Sin embargo, sí es buen profesor el que consigue que entiendan y manejen la suma y la resta, de manera que sepan aplicarlo perfectamente cuando corresponda, tanto en la escuela como en la vida real, y comprendan la tremenda ventaja que eso ofrece a sus vida. De este modo el niño queda satisfecho y animado.

Así hemos de actuar nosotros. No convirtamos la educación en algo aburrido, cansino, agobiante… carguémonos de paciencia, optimismo, buen humor y mucha constancia. Así será como pueda hacérseles más agradable esta tarea formativa y puedan, en la medida que les permita su inmadurez, comprender el bien que les hace el dejarse educar.

El juego es el lenguaje de los niños, hablémoslo. Así nos entenderemos perfectamente con ellos. Si usamos el lenguaje de la antipatía, se harán los suecos, harán que no entienden.

Vamos a intentar estrategias para inculcar el hábito del orden.

EL OGRO RECOGETODO:

Es un ogro muy simpático y educado. Lo único que pasa es que es tan sumamente ordenado que cuando ve por la casa cualquier cosa fuera de sitio, se la come. Es impresionante las “tragaderas” que tiene, tanto le da tragarse unos colores, que un diccionario, unos zapatos o incluso la bici; puede con todo. Por eso hay que tener mucho cuidado en colocar cada cosa en su sitio.
¿Y qué hacer cuando Zampón se ha comido algo? Como he dicho antes, nuestro buen ogro, aparte de tener una buena panza, tiene un buen corazón. Si le pides disculpas de tu olvido, él te ofrece sacarlo del buche a cambio de un detalle de orden; por ejemplo, si se tragó unos libros o cuentos, puede pedirte para recuperarlos que ordenes el estante de libros. Otro día puede pedirte que limpies de polvo las puertas de la casa, o que coloques los cubiertos secos del cubertero en el cajón; podría también interesarle que ordenaras y pasaras un trapito al zapatero, o que colocaras algún cajón o estante de ropa. Vaya, él lo que quiere es que compensemos el desorden anterior con un detalle de orden posterior. Papá y mamá se saben entender muy bien con el ogro y nos retransmiten todos sus mensajes.

Se puede confeccionar con una caja de cartón un castillo, que es donde vive el ogro (en este caso es un mini-ogro) y donde lleva todos los objetos fuera de lugar, para luego tragárselos. Luego hay que llamar a la puerta para saludarle educadamente y llegar a un acuerdo para poder recuperar el objeto perdido.


Si el volumen de objetos encontrados sin colocar es muy grande, se puede optar por un muñeco de esos recoge-todo (seguramente es lo que necesitamos la mayoría), que son muy ligeros y con bastante capacidad (el nuestro es de 80 cm de alto y boca de 50 cm, no está nada mal)
Cada noche, para que el ogro recogetodo no tenga el estómago pesado ni sufra pesadillas, le hacemos el favor de vaciarlo un poco, por que, la verdad, se traga cosas verdaderamente indigestas. Si puede ser vaciarlo todo, mejor que mejor, os estará muy agradecido. Por eso conviene contar con unos minutos cada noche para esta operación y asignar trabajillos muy sencillos, por lo menos entre semana, que no harten pero que mantengan despierto el recuerdo del orden.
Pensad también, que el hábito del orden no es sólo bueno por lo práctica y agradable que hace la vida tanto a ellos mismos como a los demás, sino porque supone un ejercicio de responsabilidad y voluntad que les armará muy bien para muchas situaciones de la vida.

EL MINUTO DEL ORDEN:

Si de verdad queremos que los niños sean ordenados, pongámoslo fácil dejando un pequeño hueco en nuestro apretado horario para que puedan ordenar. A  este momento, podemos llamarle "el minuto del orden". Si los niños son pequeños quizás sea más pues su medida de tiempo es muy diferente, pero no más de 10 minutos. Si los niños tienen 10 años o más, no se necesitarán más de tres minutos. Se trata de escoger un momento al día y  que sea fijo, de manera que pueda ayudar a ser "un ritual", una costumbre.

Para los niños mayorcitos recomendamos fijarlo antes de irse al instituto y consistiría en que cada niño echara un vistazo a cómo ha dejado el cuarto, cajones y estantes de ropa.  Es el "gesto", la "buena costumbre" de  no irse de casa sin mirar, despreocupados totalmente de cómo ha dejado la habitación, que es la responsabilidad mínima. Que ordene y coloque lo que pueda en tres minutos. Ya sabemos que hay personas muy ordenaditas y otras que son un auténtico desastre. Pero que cojan el hábito de "repasar", de no quedarse tranquilos ni indiferentes. Para los que sean algo ordenados y cojan el hábito, les será muy fácil ordenar el posible desorden causado en el transcurso de un día. El fin de semana, puede proporcionarse un rato  más largo para volver a poner todo en orden y empezar a cero la siguiente semana. Los "apañados" acabarán pronto y a los que se les "acumule" el desorden, emplearán algo  más. Esto, por la cuenta que les trae, les ayudará a recordar como deben dejar las cosas.

Para ayudar a que no se olvide este "minuto de orden" podemos poner un cartel en la puerta de salida de casa,  ponernos una alarma o incluso poner el cargo de "recordador oficial" a uno de nuestros hijos. Si lo hace bien toda la semana podemos pagarle con un trozo de bizcocho o un helado.

Como veis, en este aprendizaje hay mucha tarea de padres, pues hay que estar "acompañando" a los hijos constantemente, ayudándoles a recordar, marcando el ritmo.  Si no nos acordamos nosotros ¿cómo vamos a exigirles que se acuerden ellos, que son infantiles e inmaduros? Esta es la labor educativa. Aunque nos lleve tiempo unos años, después, lo recuperaremos con creces. Sí, ganaremos mucho más tiempo y muchas más satisfacciones. Merece la pena.

Para los niños más pequeñitos: Se podría empezar por tener un rato de ordenar todos juntos el salón, o el cuarto donde hayan estado jugando. Por eso quizás sea más apropiado que se haga cuando ya se ha acabado la tarde y hay que recoger para cenar y acostarse. Y para evitar que ellos se hagan los remolones y así los padres lo hagan todo, podemos hacer otro juego. Se trata del "tren de guardar".  Hacemos una fila, un tren, todos los miembros de la familia, cogidos por los hombros o la cintura. El primero es la locomotora, que empieza a tirar del tren, mientras dice: "chu, chu, el tren de guardar... chu, chu...." Cuando la locomotora desea, para y dice: "Estación ¡parada! Hay que guardar... (cara de suspense) ¡construcciones!" En ese momento los vagones se sueltan y hay que cronometrar en cuanto tiempo conseguimos guardar en su bote todas las construcciones. Cuando el objetivo está conseguido, el tren se vuelve a montar y la locomotora pasa a ser el último vagón dejando lugar a una nueva locomotora, que decidirá qué será guardado  a continuación: muñequitos, cochecitos, papeles, cacerolitas...

DON SATISFECHO Y DON DISGUSTO:



Se trata de dos muñequitos, dibujados en papel, uno por un lado y otro por el revés. Uno  con una gran sonrisa de aprobación y otro con cara de gran disgusto.
Cuando la madre o el padre, al ir a colocar ropa en un armario o un cajón, encuentran un cajón o estante muy ordenado, dejan allí el dibujito por el lado de Don Satisfecho. Si por el contrario, al ver el armario casi caen hacia atrás, ponen la cara de Don Disgusto.
Se trata de alabar o reprobar sin necesidad de palabras, y en los niños tiene gran efecto. ¡Cuánto les anima ver a Don Satisfecho! Y  a otros les afecta tanto ver a Don Disgusto que se echan a llorar y colocan inmediatamente para que les pongan a Don Satisfecho, entonces quedan tranquilos.

Y ahora las historias, una por semana; acordaros de esa pequeña pero importantísima reunión familiar como os proponíamos en el programa para educar en valores.



HISTORIA DE LA PRIMERA SEMANA: SUCIANIEVES

¿Os sabéis la historia de Blancanieves? Si, ¿verdad? Pero seguro que no os sabéis la de Sucianieves. Pues mirad lo que ocurrió. Un día que Blancanieves y los enanitos habían salido de excursión, una niña llamada Sucianieves se perdió por el bosque. Estaba desolada, pero cual fue su sorpresa y alivio al descubrir en un claro del bosque la bella casita de los enanitos. Tocó a la puerta y como nadie contestaba abrió y entró. Todo estaba maravillosamente en orden. Tal como era la costumbre de Blancanieves. La mesa limpia, el suelo barrido, las sillas ordenadas alrededor de la mesa, la cocina reluciente y sin cacharros por medio. ¡Daba gusto! En casa de Sucianieves, su mamá también lo tenía todo ordenado, lo malo es que para que eso fuera así, su madre tenía que ir detrás de ella recogiéndolo todo, pues, la mala costumbre de Sucianieves era dejar fuera de sitio TODO cuanto tocaba.
Y así fue haciendo ahora. Tenía sed, se acercó a la cocina, abrió un armario y cogió un vaso. Dejó el armario abierto, y el vaso, después de usarlo, encima de la mesa. Se fue al comedor y estuvo sentada un rato en el lindo sofá. Al levantarse dejó todos los cojines descolocados y la tela arrugada. Se aburría, buscó en los cajones algo divertido, y lo encontró: unos lápices de colores y papeles. Pero, claro, ya dejó todos los cajones abiertos. Se puso a pintar y llenó de virutas la mesa y el suelo. Cuando se aburrió dejó todo en la mesa y salió al patio. Justo en ese momento llegaban Blancanieves y los siete enanitos. ¡Qué sorpresa se dieron! ¡y vaya desencanto al ver cómo esa pequeña niña había ocasionado tal desorden!
Ella les dijo que se había perdido y por eso había entrado buscando ayuda.
– No te preocupes – le dijo Blancanieves– puedes quedarte aquí hasta que encontremos tu casa, pero... yo creo que de paso te tenemos que enseñar a ser más ordenada ¿no crees? Vamos a jugar a que en casa hay un ratoncito recogetodo. Si ve algo fuera de lugar, se lo llevará a su ratonera, y si lo quieres recuperar tendrás que pedírselo al ratoncito. Creo que te lo devolverá si le pagas con un detalle de orden ¡es que es muy mirado y aseado ese ratón!
Así fue como su vaso desapareció y cuando tuvo sed Sucianieves tuvo que correr a preguntarle a Blancanieves qué quería el ratón a cambio de su vaso:
– Creo que le gustará que arregles el sofá.
– Voy corriendo.
Ciertamente recuperó su vaso, que ya tuvo cuidado la siguiente vez de recogerlo y colocarlo en su sitio. De este modo Sucianieves, cuando volvió a su casa, era ya muchísimo más ordenada.
(Se puede alargar con muchos más detalles)

Hoja dibujo-texto Sucianieves

HISTORIA DE LA SEGUNDA SEMANA: “NECESITO UN ENCARGADO”

Serafín era un profesor que quería organizar una excursión a una granja-escuela. Debían hacer noche allí, y como los niños eran de 6 años, se le ocurrió pedir ayuda a dos niños de la clase de 5º. Lo echaron a suerte, pues todos los de 5º estaban entusiasmados de poder ir a la granja-escuela, y encima con la categoría de encargados. Los afortunados fueron Nacho y Alberto. Serafín les dijo:
– Pedid permiso a vuestros padres, y si les parece bien iremos nosotros tres una noche para enseñaros lo que luego debéis hacer con los niños de 1º.
Al día siguiente volvieron locos de contento ¡sus padres habían dado permiso!
Así, el viernes por la tarde, Serafín, el profesor, Nacho y Alberto fueron a la granja-escuela.
– Fijaos bien en todo lo que os explique, porque yo lo que quiero es que me ayudéis después con ellos, y seáis capaces de indicar a los pequeños todo lo que tienen que hacer. Por ejemplo, mirad, aquí pondrán las servilletas ¿veis estos casilleros? Aquí los cuadernos y lápices para los apuntes...
Pero Serafín se da cuenta de que Alberto no funciona muy bien. Después de cenar se le olvidó ya guardar la servilleta. Tampoco encontraba la libreta y el boli para puntar las cosas que les explicaba.
A la hora de ir a la cama Serafín se asustó de ver la “leonera” de ropa que Alberto había ocasionado en la mochila. Claro, al día siguiente no distinguía lo sucio de lo limpio y se puso de nuevo los calcetines usados sin darse cuenta. Le costó encontrar la zapatilla pues, por la noche, la había lanzado por debajo de las camas.
A la hora de poner la mesa no llevaba un orden, con lo cual a unos les ponía cuchillo y a otros no.
Sin embargo Nacho funcionaba a la perfección. Se notaba que estaba acostumbrado a ordenar y cuidar sus cosas. Él sí era una ayuda eficaz.
De este modo, y con gran pena, Serafín tuvo que comunicarle a Alberto que no podría ser encargado.
– ¿Sabes que pasa, Alberto? Que en vez de ayudar vamos a tener que ayudarte, y no tenemos tiempo para eso. Intenta ir llevando cuidado de tus cosas y te prometo que si al año que viene lo has conseguido, te reservaré a ti el puesto de encargado. ¡Estaré muy contento si entonces puedes acompañarme!

Hoja dibujo-texto-Necesito un encargado


HISTORIA DE LA TERCERA SEMANA: “MÁS BONITO ES EL ORDEN QUE LAS RIQUEZAS”

Un rey quería ir a visitar a un muy amigo suyo, emperador de un país cercano. Además le gustaba ver mundo.
Por ello preparó una comitiva y allí se encaminó. Aunque era un país vecino, el viaje en carroza se hacía largo y cansado, por ello iba hospedándose en ricas estancias de sus conocidos nobles; un día el castillo de un marqués, otro en el palacio de un duque, o a lo menos en espléndidas mansiones de algún notable caballero. Pero ocurrió que tras una larga jornada, la carroza rompió una rueda, y el rey tuvo que detener su viaje. No le quedó más remedio que buscar hospedaje en la aldea más cercana. Aquella aldea era sencilla, y por tanto no tenía ninguna casa especialmente rica y lujosa. Aún tuvo suerte, pues al menos en el pequeño pueblo había una sencilla posada.
Imaginaos la cara de sorpresa del humilde posadero cuando le entraron a pedir hospedaje para el mismo rey. No podía creerlo. El Rey entró, con cara de contratiempo, y pensando que aquella casucha se le iba a caer encima. ¡No estaba acostumbrado a tales estrecheces! ¡A ver si mañana, al menos, pudieran continuar! Le dieron varias habitaciones, pues su equipaje sólo ya necesitaba dos. A él la habitación más amplia, y el resto de pajes se distribuyó como pudieron en el resto de habitaciones.
Al principio estaba malhumorado, pero se asomó por la ventana y empezó a disiparse. Era el patio de la posada. Allí estaban los tres hijos del posadero. Primero se divirtió con las risas de los niños, pero luego fue reparando en lo acogedor que era aquel patio, tan limpio y con aquellas paredes tan blancas que parecían deslumbrar al sol; las macetas tan bien arregladas y dispuestas por paredes y suelos. ¡Qué colorido y que frondosas! Allá un cántaro adornado, en el rincón una fuente de agua clara, cuyo sonido relajaba y refrescaba. Y aquella enredadera tan verde... y tan limpio todo. Volvió la vista al interior de la habitación y entonces se dio cuenta del encanto de aquella sencillez; cuando bajo al comedor veía todo con nuevos ojos. ¡Le pareció todo tan atractivo! Todo sencillo, pero con tal orden, limpieza y gusto que quedó maravillado. Nunca se había sentido tan cómodo y a gusto. Quedó tan sumamente impactado por todo aquello que cuando al final retornó de su viaje y regresó a su castillo contaba esta impresión como lo más destacado de su viaje. Así, recomendó aquel estilo en su castillo y reino, y desde entonces aquel país fue conocido como el REINO DE BELLOLUGAR.



HISTORIA DE LA CUARTA SEMANA: ¡QUÉ FEO ES EL DESORDEN!

Una niña, Sofía, siempre se quejaba a su madre de que tenía que ordenar.
– ¡Qué rollo es ordenar! ¡Pues ¿que más da?! ¡Si luego volveré a jugar, o jugaré mañana! ¿Para qué lo tengo que guardar?
Siempre estaba con la misma canción.
Pero mirad lo que pasó. Una noche tuvo un bonito horrible sueño.
“Resultaba que su madre le decía:
– De acuerdo hija, no hace falta que recojas. A partir de ahora no te molestaré más. Es verdad que no pasa nada.
– ¡Bieeeen! –dijo Sofía–. Se sentía feliz. ¡Ya no tendría aquella pesada obligación!
Conque empezó a jugar, y como tenía licencia, dejó las construcciones desparramadas por el suelo. Luego se puso a hacer los deberes: tenía que acabar una lámina de dibujo. Después continuó jugando. Al llegar la hora de acostarse se tomó la leche y al final se acostó.
A la mañana siguiente se levantó. Fue a buscar los pantalones preferidos, pero no los encontró. ¿Dónde estarán? Vaya, ¡Ah, claro! No los eché al cubo de la ropa sucia y no los habrá lavado mamá. ¡Qué lástima! Estuvo entretenida mirando qué ponerse y no se dio cuenta que se hacía tarde. Al verse el reloj echó a correr y pisó una de las piezas de las construcciones que no había guardado el día anterior ¡¡Ay!! ¡Qué daño!, claro tampoco había encontrado las zapatillas.
Bueno, en fin, rápido a desayunar. ¡Anda! ¿Y el anorak? Ayer no debí ponerlo en su sitio. ¡Ya me estoy cansando!
-¡Venga, al cole¡- dijo su madre.
¡Ah! El dibujo de plástica ¿dónde está? ¡ya está bien! ¿dónde lo puse? Estaba nerviosa. El sueño así continuó, pasando día tras día sin ordenar, hasta que llegó a tal extremo, que cada vez que abría un armario se le echaban encima todo tipo de cosas dispares: zapatos, tenedores, manzanas, puzzles, la ropa planchada ya arrugada, los deberes... ¡¡ qué agobio!! ¡¡ qué agobio!!, y empezó a llorar. Estaba tan incómoda que se despertó llorando.
– ¡Mamá!¡Ayúdame! ¡Ayúdame a salir del desorden! ¡Ayúdame, que quiero ordenar!
La madre no entendía mucho, pero corrió a consolarla:
– Claro, hija, te ayudaré.
– Mamá, no me gusta ordenar, pero me gusta que esté todo ordenado.
– Pues, entonces, hija, no queda más remedio que ordenar. No te preocupes. Con nuestra ayuda será fácil ¿Quieres?
– ¡¡Sí, sí!! Sí quiero.
Y así Sofía se convenció de la necesidad de este hábito.

jueves, 6 de enero de 2011

AÑO NUEVO, COMPROMISO NUEVO


Antes que nada, agradeceros vuestros comentarios. En realidad tenemos presente que detrás de cada lector, hay una persona. Nos alegra que os sensibiliceis con estos temas y que se comprenda la transcendencia que tiene la implicación personal.

Hagamos un nuevo paréntesis en el programa de valores para seguir aprovechando las enseñanzas de cada tiempo. Hay un dicho popular que todos sabemos: “Año nuevo, vida nueva”. Cuando tenemos algo viejo o estropeado, a todos nos gusta estrenar: nueva ropa o zapatos; a los niños nuevos colores o libretas… es más bonito un coche nuevo que el viejo que tenemos…

Pero hay un estreno siempre posible y muy económico: estrenar ánimos, renovar metas, retomar actitudes positivas y muy determinadas. Y aunque las condiciones que nos toquen vivir sigan siendo las mismas de siempre, resulta que sabe a nueva nuestra vida. Muchas veces empezamos las cosas con ilusión, recordemos nuestro primer día de trabajo, nuestro primer hijo… todo son sueños de vivir con intensidad y calidad esas etapas de la vida. Lamentablemente hay algo con lo que no contábamos: la rutina, el cansancio, nuestras propias limitaciones, la carga que resulta mucho mayor de lo esperado, la dejadez… A veces somos poco realistas, nos lanzamos a la vida sin contar con todo esto, que es normal y natural (aunque superable), entonces nos desanimamos y dejamos de luchar.

¿Qué opinaríamos de un explorador que penetrara en plena selva y se sorprendiera y quejara de la primera picadura de mosquito? ¿y si fuera descalzo o sin rifle? No sabemos exactamente cuanto iba a tardar en ser devorado, pero no sería mucho. Diríamos: “pero ¡qué infeliz! ¿a quién se le ocurre ir así? ¿es que nadie le habrá dado ni la más mínima advertencia de lo que es la selva?

Pues algo parecido pasa con nosotros, también en nuestro terreno: la vida familiar y educativa. Nos lanzamos a la vida sin ir “armados”, preparados… La convivencia y la educación es una difícil, aunque maravillosa tarea. Y uno de los mayores peligros es pensar que bastaban los buenos propósitos iniciales para que todo marchara sobre ruedas.
Al palpar (y bien palpado) lo que tensan los niños, su falta de docilidad; el cansancio físico; la vida de prisas y actividades que llevamos; un hijo mayor que preocupa mucho por el rumbo que está tomando; nuestros errores educativos… caemos rendidos, abatidos, con ganas de gritar: “basta, yo no soy capaz”.
No os preocupéis, todos hemos pasado por esta situación, nosotros también. Pero para eso somos un equipo, para que cuando uno baje los ánimos, los otros se lo suban. Y luego al revés. No seamos como los exploradores incautos. Metámonos en la vida sabiendo que las dificultades existen y tienen que venir.
Ahora nos toca tomar una actitud valiente y animosa: “No me rindo, vuelvo a empezar”. Reconocer nuestros errores e intentar aprender de ellos y enmendarnos; fijarse propósitos concretos y alcanzables (por ejemplo no alzar la voz y usar más el diálogo, jugar más con los niños, dialogar más entre padre y madre, pararse a pensar todos los días cómo estoy actuando para priorizar las acciones realmente importantes…). Y cada día retomar esos propósitos.
Algo que anima mucho es saber que nuestros errores y caídas (por grandes que nos parezcan) no son impedimento para avanzar, siempre y cuando los enmendemos y volvamos a empezar. El único impedimento para avanzar es, lógicamente, parar.

Dicen que la constancia y la paciencia coronan las grandes obras. No seamos de los que dicen y no hacen. Las cosas están mal, el mundo está mal… pero no tanto por algunas pocas personas que hacen auténtico daño, sino por la gran mediocridad que vivimos, que pudiendo poner solución a los problemas, no lo hacemos, ya por irreflexión o no buscar orientación, ya por comodidad o dejarlo correr, ya por excusarnos con que todos estamos igual o por falta de determinación y constancia. Hagamos algo, lo poquito que podamos, pero algo. Pongamos nuestro granito de arena, que en nuestro caso, padres y madres es EDUCAR. Sí, educar. Y eso es mucho.



COPIAMOS UN ANUNCIO IMPACTANTE de 1914, que ha llegado a nuestras manos:

“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”

(Anuncio que Sir Ernest Shackleton publicó en la prensa británica en 1914 con el objeto de reclutar a la tripulación que emprendería el primer viaje transantártico de la historia. A pesar de las condiciones, cinco mil hombres presentaron su solicitud. Su aventura posterior no defraudó a ninguno de los intrépidos exploradores).

¿No podríamos poner otro anuncio exhortando voluntarios para ser padres y madres que empeñan toda su vida, dejando la piel, por esta apasionante labor de dar la vida y formarla en otros seres que sean a su vez fuente de soluciones en la época y sociedad que les toca vivir? Quizás sea una misión peor pagada y reconocida, pero más trascendente y noble que cualquier otra.
La asignatura de Historia que estudiamos asocia eventos y cambios políticos y culturales a ciertos personajes famosos, ambos decisivos en la evolución de la sociedad; pero no es menos cierto que la historia la hacemos cada uno de nosotros, cada persona y que de nosotros depende, también decisivamente, que vaya en una dirección o en otra, empezando por los que tenemos cercanos. Comprometámonos.


CUENTO: EL OASIS DE YUMBÉ.

Ocurrió durante un verano muy caluroso. Una bandada de miles y miles de flamencos, volaba en busca de agua. Todos los ríos y lagunas estaban secos, porque hacía tanto calor que se habían secado. Llevaban semanas volando y las fuerzas comenzaban a fallar. Si no encontraban pronto agua, todos morirían de sed.
Pero mientras atravesaban un desierto, sucedió la tragedia. Se levantó un fortísimo viento que acabó con las pocas fuerzas de los flamencos. Todos cayeron sobre las arenas del desierto y allí quedaron tirados bajo el ardiente sol. Nadie tenía fuerzas para volar. Era imposible que pudieran salvarse de aquella situación.
Las gentes que vivían en el desierto, al ver lo sucedido, vieron que era imposible ayudarles, eran demasiados flamencos y no tenían medios. Lo único que se podía hacer, era esperar que murieran bajo el sol. Todos se lamentaban, pero nadie hacía nada para ayudarles.
Sólo un niño, que se llamaba Yumbé, hizo algo por ellos. A tres kilómetros de donde estaban los flamencos, había un oasis lleno de agua. Cogió a uno de ellos entre sus brazos y lo llevó andando hasta el oasis. Luego volvió a coger otro e hizo lo mismo. Y así, una y otra vez, Yumbé non dejaba de hacer viajes llevando flamencos al oasis. Un hombre, al ver lo que estaba haciendo, se le acercó y le dijo:
- Pero niño, ¿qué estás haciendo?
- pues salvando a los flamencos- respondió Yumbé.
Y el hombre, con voz muy seria, dijo:
- ¿Pero no te das cuenta de que eso es imposible? Son miles y miles los que están agonizando en la arena. No vale la pena. Anda, vete a tu casa y no gastes fuerzas inútilmente.
Pero el niño contestó:
-Pregúntele a los siete flamencos que están bebiendo en el oasis, si vale la pena que yo les haya salvado.
Y el niño continuó su camino llevando el octavo flamenco entre sus brazos. El hombre quedó muy sorprendido por esta respuesta y, después de pensarlo un poco, se puso a hacer lo mismo que estaba haciendo Yumbé. Ya eran dos personas salvando flamencos.
Esto comenzó a llamar la atención a los que lo veían. Pronto fueron tres, más tarde ocho, y al final, eran cientos y cientos de personas las que estaban haciendo lo mismo que Yumbé.
En un día, todos los flamencos fueron llevados al oasis. No hubo ninguno que muriera de sed. Gracias a un niño que comenzó haciendo su parte, toda la bandada pudo salvarse.

Comentario: Siempre nos puede animar saber que el problema puede llegar a solucionarse completamente, pero en el peor de los casos, ha de bastarnos la maravillosa respuesta de Yumbé: Pregúntele a los siete flamencos que están bebiendo en el oasis, si vale la pena que yo les haya salvado.

martes, 7 de diciembre de 2010

NAVIDAD: TIEMPO DE AUMENTAR NUESTRA CALIDAD HUMANA

Queridos padres, llegan estas bellas fechas Navideñas. Bellas… si las queremos hacer bellas, porque ya sabemos que el consumismo y sus grandes “templos comerciales” parecen hipnotizar y apoderarse de todas nuestras inquietudes y aspiraciones.

Podemos intentar remontarnos sobre todo este barullo y ver el paisaje desde más arriba. Parece que este tiempo nos evoca sentimientos más humanos. Igual que es bueno tomar la fruta de temporada, hemos de tomar y sacar partido de todo lo positivo que trae cada tiempo para educarnos y educar a nuestros hijos. ¿Qué tal si al final de año hacemos balance de cómo fue nuestra calidad humana y cogemos ánimo para trabajarlo de nuevo con ilusión? Seguro que todos estamos de acuerdo en que una persona vale más por su “ser” que por su “tener”. Por ello, puede ser interesante pararnos a pensar en cómo podríamos aumentar nuestra calidad del ser. ¿De qué nos sirve tener prestigio, inteligencia, riqueza y belleza si como personas no somos nada?

Podríamos, por ejemplo, trabajar la empatía; decirnos:” voy a ver si escucho con más atención lo que me dice el otro, ponerme en su lugar, intentar comprender lo que siente… no despreciar sus comentarios, sino, al contrario, tenerlos muy en cuenta”

También podría ser abajarme a mi hijo, buscar el tiempo para jugar con él con más calma, como si no tuviera nada más que hacer…Estos ratos unen mucho. Probadlo. Además ganamos tiempo, porque esa sintonía padres-hijos hace que luego estén más suaves y receptivos a lo que les propongamos para su educación. Un gran pedagogo decía: “si queremos que los niños entren en nuestro mundo (la educación), hemos de saber estar primero nosotros en el suyo (el juego)”.

Otra posibilidad es rebajar nuestros humos (los humos son siempre contaminantes. No hay nada como respirar aire puro, a pleno pulmón). ¿Qué tal si olvido aquellas palabras que me hirieron y producen tanta distancia con aquella persona que me las dijo? (incluso entre nosotros, padre y madre). Abramos la ventana y ventilemos. Esos “archivos” no hacen más que daño al ánimo y no producen bienestar a nadie. Tengamos un gran corazón, aprendamos a olvidar y disculpar, que es uno de los pilares de la convivencia. Todos, incluidos nosotros, tenemos fallos; tan natural como la vida misma. Démonos un margen, seamos comprensivos, seamos valientes y demostremos nuestra talla acercándonos al otro y reconociendo nuestra parte de culpa y error. Esto derrumba todos los muros y divisiones entre las personas y produce una unión mayor incluso que la anterior al incidente.

En los niños y adultos esta sensibilidad también requiere trabajo, no penséis que crece sola. Al contrario, inicialmente los niños nacen con ella, pero si no se educa, llega a adormecerse o incluso perderse. Podríamos compararlo con la pérdida de sensibilidad en las manos, cuando se van encalleciendo con el paso de los años, de los trabajos duros… y no se cuidan.

De este modo, hemos de cuidar estos detalles que nos hacen más sensibles, más humanos.

Regalemos esto por Navidad. Regalémonos.

CUENTO DE NAVIDAD:

Roberto y Carlos eran dos hermanos que, como muchos niños, tenían sus peleas y riñas de vez en cuando. A pesar de todo, se llevaban bastante bien, pues cuando estaban en casa se buscaban y solían jugar mucho juntos.

Roberto era el mayor, tenía 9 años; era activo pero también sabía estarse quieto y echar bastante tiempo a pintar, cosa que se le daba bien y por eso le gustaba mucho. Carlos tenía 6 y era bastante movido, le gustaban mucho los deportes y jugar al aire libre.

Cuando llegó la Navidad y la hora de escribir la carta a los Reyes Magos, Roberto lo tenía muy claro: un coche teledirigido y unos colores. Quería una caja concreta de colores que había visto, que tenía un montón de tonos. Carlos prefirió un balón de fútbol y como no sabía que otra cosa, quizás por imitación más que por gusto, también pidió colores, pero sin especificar mucho cuales, pues total ni cayó en la cuenta, ya que no le iba mucho en ello.

Llegó la noche esperada y con gran emoción cada uno encontró sus regalos bajo el árbol de Navidad. Se pusieron los dos muy contentos, pero cuando Carlos vio que su estuche de colores era bastante más pequeño que el de Roberto empezó a protestar. No es que le importaran mucho los colores, pero no le hacía gracia que el otro tuviera más que él. Así somos. En fin, después de un rato de quejas, pusieron los colores nuevos en unos botes que tenían para lápices (cada uno en su habitación), se pusieron a jugar con el coche y el balón y olvidaron el incidente.

Al día siguiente, fueron al parque con sus juguetes tan contentos. No llevaban mucho rato cuando, sin querer, Carlos chutó su balón y le dio al coche de Roberto de pleno. Imaginaros cómo saltó Roberto. Gritó e insultó a su hermano e hizo ademán de salir corriendo tras de él, quien huyó a buscar refugio en sus padres. Después de un buen rato de tensión la cosa se calmó, sobre todo porque se pudo comprobar que el coche funcionaba perfectamente, sólo que se había abollado el chasis y se había quedado sin puerta. Con todo, ¡qué disgusto, con lo nuevecito que estaba!

Por la tarde, cuando los ánimos estaban totalmente serenos, papá habló a Roberto y mamá a Carlos sobre lo ocurrido por la mañana:

-Roberto, hijo. ¿Cómo crees que te has portado esta mañana?

-Mal- dijo secamente Roberto.

-Yo comprendo el disgusto que has tenido… ¡También ha sido mala suerte, caramba! Pero has de comprender que en la vida hay muchos accidentes. Carlos lo ha hecho sin querer y él mismo tiene mucha pena de habértelo estropeado. Yo creo que el pobre no va a dormir tranquilo pensando en el disgusto que te ha dado y por cómo lo has tratado. ¿Qué tal si le pides disculpas de tu reacción tan agresiva?

Por otro lado, mamá dialogaba con Carlos:

- Oye Carlos, ya sé que ha sido sin querer lo del balonazo de esta mañana, y aunque no ha estado bien la reacción de Roberto, comprende que le ha afectado mucho que se le estropee el regalo de Reyes, recién estrenado… Piensa qué sentirías tú si te hubiera pasado a ti. ¿Y si le pides perdón? De paso, todos aprendemos que conviene tener cuidado y mirar cuando vamos a tirar un balón.

Antes de ir a la cama, ya se habían disculpado, cada uno de su parte y jugaron la mar de bien. Por fin, se acostaron.

Al cabo de un rato, Roberto no podía dormirse. Recordaba la cara de angustia de su hermano cuando vio el coche roto y de cuando chilló a su hermano Carlos. Ahora le daba pena; la verdad es que se había pasado gritando, ¡pobre Carlos, vaya susto había pasado! Roberto pensó que si le hubiera pasado a él, también se hubiera quedado bloqueado y atemorizado, porque ¿cómo se arregla algo así? Después de todo, mala suerte la puede tener cualquiera; al pensar esto se sintió hondamente arrepentido de su reacción y deseó poder aliviar a su hermano. Entonces, se le ocurrió una idea: ¡ya sé, le regalaré unos cuantos colores de los nuevos; total, yo tengo muchos y él se alegrará!

Dicho y hecho, Roberto se levantó, cogió a oscuras un puñado de colores del bote y en silencio se pasó a la habitación de su hermano y se los colocó con cuidado en su bote. Entonces volvió a su cama y se durmió muy contento de su decisión.

Mientras, Carlos dormía un tanto incómodo, de hecho se despertó sobresaltado con una pesadilla. Soñaba que, después de su balonazo, el coche de Roberto fue atropellado por un coche y quedó hecho polvo. Roberto quedaba paralizado viendo su coche en el suelo mientras silenciosas lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas.

¡Pobre Roberto! -pensó Carlos impresionado. – Menos mal que todo ha sido un sueño, con todo… se ha quedado tan chafado… Ya podía yo haber tenido más cuidado, de hecho algo me decía que no tirara en aquella dirección. ¡Anda! se me ocurre una idea, ya que le he estropeado el coche, podría compensarle de alguna manera… ¡Voy a darle un puñado de mis colores, a él le encantan!

Entonces, se levantó, cogió un puñado de colores, fue sigilosamente a la habitación de Roberto y los depositó en el bote de colores de su hermano. Volvió a su cama y ¡ahora sí que durmió a gusto!

A la mañana siguiente, Carlos deseaba ver la cara de sorpresa de Roberto cuando viera tantos lápices en su bote. Por eso propuso que podían pintar juntos para estrenar los colores. Roberto, que tenía el mismo deseo, encontró estupenda la propuesta.

- ¡Anda!- pensó Carlos para sus adentros- si me quedan casi los mismos colores que antes. Pues vaya, Roberto no va a notar diferencia… esta noche tendré que pasarle alguno más.

-Vaya – pensó Roberto para sí, también- pensaba que ayer había dado a Carlos bastantes colores, pero veo que no, apenas noto diferencia. No sabía que tenía tantos, creo que esta noche puedo darle sin miedo otro buen puñado, que aún tengo muchos.

Y con este secreto tuvieron que esperar pacientemente que llegara la noche, sintiéndose inclinados a favorecer al otro a lo largo del día ya que sentían lo poco exitosos que habían estado con el anterior intento.

Por fin, se acostaron. Al cabo de un rato Roberto se levantó y cogió un generoso puñado de colores para su hermano. Salió al pasillo y… allí se chocó con Carlos que venía con otro manojo abundante de colores. Al principio se quedaron perplejos, pero pronto se dieron cuenta de lo que estaba pasando y se conmovieron al ver los buenos sentimientos que el otro también tenía para con él. Desde entonces se puede decir que son hermanos que se quieren con toda el alma.

viernes, 12 de noviembre de 2010

EDUCAR CON CUENTOS: EDUCACION SOCIAL


Siguiendo el esquema descrito en PROGRAMA DE EDUCACIÓN EN VALORES A TRAVÉS DE CUENTOS, os proponemos el tema de la educación social.

Otro tema para trabajar con los niños. Hay muchos ámbitos donde practicarlo. Nosotros proponemos cuatro áreas; cada cuento trata una, para poder trabajar todo el mes sobre esto:

  • Educación en la mesa (cómo se debe comportar uno en la mesa)
  • Educación en lugares públicos (autobuses, bibliotecas, salas de espera, tiendas…)
  • Educación al hablar (tonos, respeto, maneras…)
  • Educación social (saludos, pedir permiso o disculpas…)

En realidad, una semana queda corta para trabajar un aspecto. Sólo queríamos mostrar las muchas facetas que se pueden tener en cuenta, pero luego cada uno que lo adapte a las necesidades y tiempos que vea necesario para sus hijos.

¡Cuántas cosas nos gustaría que hicieran bien nuestros hijos, sobre todo cuando descubrimos, apurados ante otras personas, sus malos modales o comportamientos! Por ejemplo cuando acompañamos a nuestro hijo a un cumpleaños y aparece la anfitriona con una fuente de patatas fritas. Observamos como todos los niños, incluido el nuestro, se abalanzan como un solo hombre sobre ellas y en pocos segundos “extinguen” la especie. Parece que no valen de nada las observaciones que padres/madres les hacemos en ese momento, por más que les reprochamos, avergonzados y escandalizados de sus modales. O cuando se va en autobús público y actúan sin darse cuenta que existen otras personas, moviéndose sin cuidado o alborotando con risas y gritos, que parece imposible controlar.

Ya sabemos que es muy difícil conseguirlo en poco tiempo. Pero esto no tiene que desanimarnos. La constancia alcanza grandes logros en la vida.

Muy bien, diréis, pero ¿cómo hacerlo, si ya les hemos dicho mil veces cómo debe portarse y no nos hace caso? Podría ayudar tener dos principios:

  • No caer en aquello: “Imposible, no hay quien pueda con ellos”. Si lo dejamos correr ya si que no hay nada que hacer, y eso es, sin duda, un grandísimo mal para ellos. No ceder, de ninguna manera, a la tentación de quitarle importancia. Aunque sean niños, deben ser educados.
  • Tener muy claro, nosotros educadores, que debemos enseñar que hay que hacer lo correcto y no lo incorrecto. Si estamos muy convencidos de esto será muy fácil y natural el aprendizaje.

Pongamos de nuevo el caso del cumpleaños. Si no nos hicieran caso de las advertencias a la primera (señal de que ese punto lo llevan flojo y se debe trabajar), no menear la cabeza como diciendo: “Estos chicos…” y no hacer absolutamente nada. No. Habríamos de buscar un rato de diálogo tranquilo en casa:

“- Oye, ¡qué bien nos lo hemos pasado! Dime qué es lo que más te ha gustado de la fiesta y lo que menos. Luego yo también te diré lo que más y lo que menos me ha gustado.

- pues tal y tal.

- muy bien… pues a mí, lo que más… y lo que menos ver como os lanzábais sobre las patatas. No es bonito ser tan desesperado y caprichoso…además no pensasteis en otros niños que puedan venir después, les dejasteis sin nada. (Podéis darle muchas otras razones, que las hay). Mira, no lo vuelvas a hacer más. Para ir a un cumpleaños hay que saber estar en un cumpleaños. La próxima vez lo haremos bien, y si no sabemos estar, sencillamente no iremos al siguiente (y lo que se dice se hace).

¿No creéis que esto es mucho más efectivo?

Tocaría también hacer un recordatorio de la buena conducta el día que el niño vaya a ir al próximo cumpleaños (o cualquier otra visita). Y después hablar sobre eso a la vuelta. En la educación hay mucha tarea preventiva, que evitará muchos fallos.

En las ocasiones oportunas, hacerles pensar en el fin que tienen las cosas y por tanto cómo es el uso correcto de ellas. Pongamos algunos ejemplos:

Si cogen propagandas sin ton ni son, hay que hacerles pensar que posiblemente el anunciante no tenía intención de pagarle los quince aviones de papel que hizo, si no que querría que llegara la información de sus productos al mayor número posible de gente. Por eso, si nos interesa la información la cogemos, si no, la dejamos para otros vecinos que puedan quererla. Además aprendemos a no malgastar papel, que ya sabemos que reduce la tala de árboles.

Algo muy similar pasa con las bolsas de plástico que algunos supermercados aún regalan. Se cogen las necesarias para transportar los productos comprados. Nada más.

Otro ejemplo es el uso del agua de las fuentes públicas. Hacerles pensar que el agua es un recurso limitado que hay que ahorrar, no la derrochemos en juegos innecesarios (¡tantos litros que se llegan a gastar en verano en globos de agua y lo sucio que queda el parque con los restos de globos explotados!) El agua es para saciar la sed o limpiarse en un momento determinado y debemos cuidar de no malgastarla, igual que lo hacemos en casa. Fijémonos que cuando las cosas son nuestras y las pagamos (pequeño detalle) educamos mejor y usamos las cosas más correctamente. Sin embargo, la educación de los hijos debe seguir el mismo criterio si queremos ser auténticos, coherentes.

Todo esto lo podemos extender al uso de mil cosas: parques, columpios, papeleras, bancos… pensar para qué se ha hecho algo y respetarlo, que supone usarlo correctamente. Cuando llegue la oportunidad, que “llueva” un criterio:

“Qué banco tan estupendo, dan ganas de sentarse… vamos a sentarnos y tratarlo con cuidado para que otros se lo encuentren tan limpio como nosotros…”

Debemos decirles también que así cuidamos nuestra ciudad y la sociedad en su conjunto, y por consiguiente el medioambiente y los recursos del planeta.

Esta firmeza y constancia en enseñarles estos aspectos tiene mucha más importancia de la que parece a simple vista. Les ayuda a comprender que las cosas tienen su propio sentido y que no se pueden usar a nuestro antojo, como si fuéramos los reyes del mundo. El que aprende a respetar las cosas también aprenderá a tratar con respeto a todas las personas.

Realmente esta actitud nos enriquece y al contrario, nos empobrecemos cuando somos seres egocéntricos que usamos las cosas a nuestra conveniencia, de forma caprichosa y hasta irracional. Sin ese respeto es difícil aprender a convivir.

De este modo adquiere importancia cualquier pequeño aspecto de la educación social.

JUEGO MOTIVACION PARA EL MES DE LA EDUCACION SOCIAL

Como juego motivación se pueden confeccionar con los niños dos pequeñas marionetas de dedo, muy sencillas (de tela o más rápido con papel o cartulina). El pelo pintado o con lana anudada. Se llamarán PIKI y POKI. Son unos personajes muy, muy educados. Vamos a cortar papeletas donde pondremos una consigna para cada día.

  • La 1ª semana trabajaremos normas de EDUCACIÓN EN LA MESA (Cómo se come).
  • La 2ª semana trabajaremos: EDUCACIÓN EN LUGARES PÚBLICOS, (por ejemplo: no chillar, ni correr en tiendas, bibliotecas…; no curiosear o tocar en las tiendas, en el médico…).
  • La 3ª semana: EDUCACIÓN AL HABLAR (no contestar a padres y educadores, no alzar la voz, hablar a todos con respeto…).
  • La 4ª semana: EDUCACIÓN SOCIAL (Saludar al entrar o salir de una casa, al encontrar vecinos; no subir corriendo las escaleras, ni entrar atropellando en una casa, no curiosear en casas ajenas ni meterse en las habitaciones sin permiso, pedir permiso para coger algo)

Cada semana se invita a los niños que digan consignas sobre la educación que queremos tratar esa semana y anotamos unas diez consignas en tiras de papel. Que digan ellos primero y luego les damos ideas. Por ejemplo: no tocaré nada de la tienda, me sentaré correctamente sin echar la silla para atrás, no hablaré con la boca llena, diré buenos días al primer vecino que encuentre, dejaré que sea mi hermano quien apriete el botón del ascensor, diré a papá o mamá : ¿te puedo ayudar en algo? … Cada semana buscamos aquellas que se ajusten más al aspecto que se esté trabajando.

Las plegamos y las metemos en un bote. En ese bote se meten PIKI y POKI. Cada mañana, papá o mamá se ponen la pequeña marioneta y hacen salir a nuestros amigos del bote, lo mueven e invitan al niño/a a coger un papelito. Se lee y se propone de consigna para ese día. Por la noche PIKI y POKI nos preguntan cómo ha ido.

Acordáos que somos nosotros, padres y educadores, los que tenemos que recordárselo durante el día. Si lo hacemos, seguro que ellos querrán.


HISTORIA DE LA PRIMERA SEMANA: EDUCACIÓN EN LA MESA.

Había una vez un rey que quería casar a su hija. Deseaba para ella un hombre educado, como su linaje pedía. Por ello invitó a una fiesta a príncipes de otros países, y también a duques, marqueses y condes.

Su ministro dudó en invitar a tres nobles caballeros por no ser de rango tan superior, pero como eran conocidos en toda la comarca por su valentía y fidelidad al rey, tuvo la consideración de invitarlos también.

Allí fueron todos, y se sentaron a la mesa. El Rey, que sabía con qué intención habían sido invitados, fue fijándose en cada uno, pensando quien sería el apropiado para futuro esposo de su hija, a quien quería tanto por su delicadeza y amabilidad. No le servía cualquiera.

Empezó la comida, y todos comenzaron a conversar animadamente. Conforme avanzaba el banquete, la decepción del Rey iba en aumento:

– Pero ¡cómo! El príncipe de Guayú... ¡Qué modales! No puedo creerlo... –pensaba– ¡Se ha limpiado con la manga!

Pasaba la vista a otro.

– ¡Será posible! Ernesto se chupa los dedos y está fregando el plato con frenesí.

Pasaba la vista a otro.

– ¡Dios mío! El Marqués de Ribazón ha empujado el último bocado del plato con el dedo...

– ¡Por favor! Que forma de escupir hablando tiene el conde de Ribaherrera, pobre de mi hija si estuviera a su lado.

– ¡Oh! ¡Vaya codazo y risotadas pega el príncipe de Solimán! ¡No quiero que traten con tan poca delicadeza a mi hija!

– Vaya con el Duque de Bellaterra... ha dejado todos los platos de calamares vacíos sin pensar en el resto de los comensales … y ha dejado en su plato todos los trozos de pimiento a un lado. ¡Vaya caprichoso!

¡Si unos caballeros comían así, cómo serían de maleducados en su trato! Seguramente igual de brutos y descorteses.

Pero... ¡eh! ¿quiénes son aquellos tres del final? ¡Ah! Sí, son mis fieles caballeros, nobles pero de sencilla educación. ¡Caramba! ¡Qué educados parecen! Se fijó con atención y descubrió uno en la conversación con sus compañeros. Agradecía todo y parecía tener delicada educación. Se sintió vivamente complacido.

– ¡Creo que ya tengo al que busco! – Imagino a mi hija bien querida y tratada por ese caballero. Será delicado de trato y respetuoso con ella. Vale más eso que todos los rangos del mundo.

Y así fue como aquel caballero se casó con la princesa, y fueron muy felices.

Hoja dibujo-texto Educación en la mesa


HISTORIA DE LA SEGUNDA SEMANA: EDUCACIÓN EN LOS LUGARES PUBLICOS.

No os vayáis a pensar que Sergio y Elena eran niños demasiado traviesos. No, eran niños normales, juguetones. Pero, claro, hay que saber distinguir dónde y cuándo se puede jugar. Ellos, a pesar de ser mayorcitos, ya tenían 8 y 5 años, aun no ponían mucha atención a eso de dónde y cuándo. Era más divertido jugar SIEMPRE.

Ni que decir tiene el día que iban en autobús, como siempre iban en el coche de papá y mamá, aquello del autobús era una fiesta, y en cada curva gritaban.

–¡Mira! ¡Mira!, ¡ja, ja!, mientras dejaban oscilar el cuerpo agarrándose sólo de una mano a la barra.

Sin querer, claro, molestaban. A veces sólo eran los gritos, y otras dando algún golpe a algún pasajero. Estos, ponían cara de desagrado, pero ellos ni se enteraban, porque seguían jugando.

Cuando iban a comprar también era un problema. Sus padres sufrían porque, por más que les advertían, ellos se metían en su mundo de juegos y a reír y correr. Tocaban todos los artículos que les llamaban la atención; esto ponía muy nerviosa a mamá. Cuando se daban cuenta lo dejaban, pero al cabo de un minuto, ya estaban tocando otra cosa. ¿Y jugar al escondite entre los estantes? ¡Era fascinante! Y luego a correr por los pasillos, sobre todo en los almacenes de grandes superficies.

Si iban a casa de los primos, como vivían en el segundo piso, subían corriendo por las escaleras y entraban atropellando a la casa para ver quien entraba el primero, y por supuesto ni saludaban.

Y la última vez que fueron al médico fue desesperante. Tenían que probar todas las sillas de la sala de espera, y dentro de la consulta no paraban de tocarle todo al Dr. Vázquez, que tenía mil aparatitos en su mesa.

Esto último alarmó a papá, ¡Esto no puede seguir así! Lo pensaron seriamente y les propusieron el siguiente plan:

– Mirad, vivimos en sociedad, y podemos molestar verdaderamente a los demás. Por tanto, hemos de aprender a comportarnos, y además tajantemente: No se puede jugar y gritar en lugares públicos. Y es bueno saber estar tranquilos en algunas situaciones: ¡Lo vamos a conseguir! ¿Cómo? No pasándonoslo más veces, ¿verdad que queréis superarlo? Por ejemplo, si subís corriendo la escalera, bajaremos y volveremos a empezar, hasta que lo hagamos correctamente. Si molestamos al médico o a algún señor, le vamos a pedir perdón, aunque nos dé mucha vergüenza. Y si no hacemos caso a los avisos de papá y mamá, que serán como mucho dos, al llegar a casa, como ya habéis jugado mucho, habrá llegado el tiempo de trabajar o estudiar ¿de acuerdo?

Y así fue como Sergio y Elena se convirtieron en los niños más educados de la escalera.


HISTORIA DE LA TERCERA SEMANA: EDUCACIÓN AL HABLAR.

Era un pueblo de montaña muy bonito, la gente era pacífica y se conocían todos. El único un poco distinto era el señor Abuyuyu, que vivía en las afueras. Tenía un precioso huerto y sus cerezas eran famosísimas por lo hermosas y sabrosas que eran. Las vendía a buen precio en el mercado. El señor Abuyuyu era temido por todos. Era tremendamente huraño e insocial. Tenía tres perrazos en su finca, que daba miedo verlos hasta de lejos.

En el pueblo vivía una familia de amables agricultores, que tenía tres hijos varones. Uno de ellos era Eduardo, un joven siempre sonriente y amable. Todos lo decían.

Ocurrió que un campesino se puso muy enfermo. Su hijo, Miguel, era amigo de Eduardo, y a pesar de ser amigos, eran bastante distintos de carácter. Miguel era más bien brusco y algo fanfarrón.

El médico del pueblo recetó una curiosa solución: “Come cerezas todos los días”.

Eduardo cuando visitó al padre de su amigo y se enteró de la receta dijo:

– ¡Ah, pues iré a pedirle al Sr. Abuyuyu, ya que en el mercado aún no se venden.

– Ja, ja – rieron Miguel y su padre – ¿Al sr. Abuyuyu? ¡Qué tonterías dices, no te dará ni una!.

– Padre –dijo Miguel– yo las conseguiré aunque tenga que pelearme con él.

Miguel aquella noche saltó la valla del sr. Abuyuyu. A los pocos metros tuvo que huir rápidamente, pues los tres perrazos salieron en su persecución. A duras penas le dio tiempo a saltar la empalizada. ¡Vaya susto de muerte! Lo intentó de nuevo con unas cañas largas, pero tampoco. Otro día esperó a que el sr. Abuyuyu saliera a pasear sus perros al prado, pero cuando entró, metió la bota en un gran cepo, y allí tuvo que dejarla para poder librarse de la trampa. De este modo ya dio por imposible la empresa.

Sin embargo, Eduardo, confiado en su buen deseo, se acercó a la finca del sr. Abuyuyu, y aunque asustado por los perros, tocó la campana de la puerta.

– Buenos días, Sr. Abuyuyu – dijo con su típica y amable sonrisa. Resulta que un amigo está enfermo y necesita cerezas para curarse, yo he pensado si usted sería tan amable de proporcionarme algunas, pues... cerezas como las suyas no hay en el mundo entero.

Cual fue su sorpresa cuando Abuyuyu se puso a llorar. ¡Hacía años que nadie iba a verle, y menos aún le habían pedido un favor con tal amabilidad y confianza! Todos le trataban con antipatía. Esta situación había acabado agravando su carácter. La actitud de Eduardo le había ganado el corazón.

Cuando Eduardo llegó a casa de Miguel con el cesto lleno de cerezas, comprendieron que se consigue más por las buenas que por las malas.

Hoja dibujo-texto Educación al hablar


HISTORIA DE LA CUARTA SEMANA: EDUCACIÓN SOCIAL.

Isidro, aunque tenía sólo 5 años, llamaba la atención, ¡Qué educado era! Por la mañana, al ir al colegio, si se encontraba con algún vecino decía: “Buenos días”. Lo mismo hacía al volver a casa por las tardes, que entonces estaba su abuelo:”Hola abuelo, ¿Cómo estás?” Nunca se olvidaba de saludar, como otros niños que ya entran corriendo o hablando como si no hubiera nadie en casa.

En clase, su profesora María estaba encantada. Y se lo decía a las otras profesoras.

– Este Isidro da gusto. Todo lo pide por favor, y siempre pide permiso. El otro día terminó la ficha de los primeros, junto a Manuel. Como ya saben que el que acaba puede irse a un rincón a jugar, Manuel se fue a la biblioteca. Pero Isidro viene y me pregunta: “¿Puedo jugar ahora a las construcciones, por favor?” Me encanta oírle tan educadito.

Maribel, otra profesora, intrigada, le estuvo observando en el recreo. ¡Y era cierto! Observó como Isidro vio a unos niños jugar, se les acercó y dijo: ¿Puedo jugar yo también, por favor?

– Vale – le dijo el otro niño, encogiéndose de hombros.

Laura también observó un detalle. A la salida del colegio, vio como al salir Isidro saludó a su madre y dio un abrazo cariñosísimo a su hermanito pequeño que iba en un carrito.

Ocurrió que llegaron las fiestas de Navidad, y el director del colegio les dijo a las profesoras de infantil que iban a venir los Reyes Magos al colegio a visitar a los niños. Debían escoger un niño o niña para recibir a los Reyes, y saludarles en nombre de todos.

Las tres profesoras María, Isabel y Laura pensaron al instante en Isidro. ¡Lo hará muy bien, y no hay miedo que diga alguna contestación de mala educación!

Así lo decidieron y se lo dijeron a Isidro. Este se puso loco de contento:

– ¡Qué suerte mamá! –dijo– Me toca a mí coger de la mano a los Reyes Magos.

Al llegar el día, además de la alegría, tuvo la gran sorpresa de que le montaron a él en un camello que habían traído los Reyes Magos al patio del colegio. ¡Todos los niños le miraron con admiración!