jueves, 26 de febrero de 2015

VIAJANDO POR EUROPA: AUSTRIA. Constancia y Amistad.


Siguiendo la programación temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Austria, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

Hoja Austria



UNA ANÉCDOTA DE MOZART.

Era el siglo XVIII, allá por el 1780. En Austria, el gran compositor Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) estaba  trabajando todo un sábado en su casa de campo. Trabajaba con su piano. Le habían encargado que compusiera una excelente obra musical para una gran fiesta de la ciudad. Todos confiaban en que le saldría una composición musical estupenda, porque era sabido que era uno de los mejores músicos de Europa.

Ese día, sin embargo, Mozart no estaba de suerte. Un dolor de cabeza bastó para que se encontrar de mal humor: no trataba a su querido piano con el cariño que solía hacerlo; sentía por dentro como si estuviera haciendo una melodía a la fuerza, sin ganas. Menos mal que Mozart, como todos los grandes hombres, tenía una gran fuerza de voluntad. Por eso, una y otra vez, intentó – aún sin ganas- inventar una pieza musical hermosa, tal y como se lo habían pedido.

Sin embargo, a las tres de la tarde, todavía sin comer, Mozart no había conseguido aún escribir una melodía que le gustase. Había escrito ya, al menos, unas treinta hojas llenas de notas musicales… pero ninguna de ellas le acababa de gustar. Tan disgustado estaba que estuvo a punto de ir a quien le había encargado la composición a decirles que buscaran otro músico, pues él no se encontraba bien. ¡Pero no lo hizo, no quería defraudar a quienes tanto habían confiado en él! Así que, después de comer un poco, siguió toda la tarde escribiendo muchas más hojas con nuevas notas musicales. Al final, enormemente cansado, le pareció que una melodía sonaba “algo mejor” que las otras.

Decidió dejar el piano y marchar con esa última composición a una casa donde se reunían sus mejores amigos músicos. Aquella noche se encontraba allí  un gran amigo suyo: Joseph Haydn. Todos estaban esperando que Mozart tocara en el piano la obra recién compuesta. Mozart, además de malhumorado, estaba inseguro; en el fondo pensaba que aquella composición no valía mucho. Por fin, se puso a tocarla. Sus manos, aquella noche, no se deslizaban tan diestramente como solía hacerlo siempre. Su estado de ánimo y el cansancio le estaban jugando una mala pasada. Cuando terminó de tocar, se levantó de golpe, cogió la partitura, llena de notas musicales, que tanto trabajo le había costado escribir y, después de arrugarla, la echó a una papelera.
Joseph Haydn, que conocía muy bien el gran valor de la música de Mozart, cogió serenamente el papel que había tirado  a la papelera, lo alisó, lo puso de nuevo en el atril del piano y él mismo tocó de nuevo la obra. Lo hizo con tanta ilusión y tan bien que le propio Mozart quedó sorprendido. Al oir como su amigo tocaba y la hacía sonar maravillosamente bien, le saltaban lágrimas de gozo.


Cuando acabó de tocar la melodía, Mozart fue a su encuentro y le dio un amigable abrazo de agradecimiento. Se trataba, nada menos, que de la gran composición musical: “Pequeña música nocturna”. De no haberse encontrado con un buen amigo, que tuvo la paciencia de escuchar, hacerse cargo de su estado de ánimo y de apoyarle, hubiera estropeado una de sus más hermosas obras musicales. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

VIAJANDO POR EUROPA: SUIZA. La paz


Siguiendo la programacion temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Suiza, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

Hoja Suiza


 LA MAYOR HAZAÑA.




Hace muchísimos años existió un rey que tenía tres hijos. Se sentía mayor y veía acercarse la hora de su muerte. Tenía una preocupación: el  reino vecino era un pueblo ambicioso  y bélico. La situación era delicada y quería asegurar que su reino viviera en paz y fuera gobernado con bondad y justicia. ¿Cuál de sus hijos sería el más capacitado para esta misión?

Por ello, llamó a sus tres hijos y les dijo: “Quiero que marchéis de palacio tres días y realicéis alguna hazaña valerosa, pues tengo que decidir quién de vosotros tres será el heredero.”

Los tres príncipes cogieron sus caballos y  fueron en busca de una oportunidad para mostrar su valor.

El primero vio un grupo de soldados del ejército enemigo que habían atracado una gran barca en el lago. Habían bajado y se habían internado en el bosque.  Entonces  el  príncipe pensó: “¡es mi oportunidad!  Puedo acercarme al barco cautelosamente, dañar el casco y hundirlo, así el enemigo perderá fuerza. Es una misión arriesgada, pero así demostraré  mi valor y posiblemente mi padre me elegirá por heredero.”
Y así lo hizo.

El segundo hermano también se puso en camino y vio a unos mercaderes que llevaban una pequeña caravana de burros y caballos cargados  de mercancías. De repente, cinco bandidos salieron de entre los árboles y rodearon la pequeña comitiva, amenazándoles con matarles si no les daban la mercancía.

 El príncipe cabalgó hacia ellos, y desenvainó su espada. Pronto demostró su habilidad y destreza  haciendo frente a los cinco forajidos, a quienes venció  y  apresó. Después  el príncipe custodió a los mercaderes todo el camino hasta la población más cercana, donde, muy agradecidos se despidieron de él  y los bandidos fueron entregados a la justicia.

El príncipe quedó contento de su hazaña: “Mi padre estará satisfecho con  mi hazaña, he demostrado valor, habilidad y he actuado con justicia”.

Mientras tanto, el príncipe más joven iba cabalgando buscando su oportunidad.  Era mitad de tarde del tercer día;  llegó a un punto elevado del camino desde el que se divisaba una vasta extensión. Detuvo su caballo y  oteó el horizonte en silencio. Todo estaba en calma. Resignado  tiró de las riendas del caballo y dio media vuelta para volver. No había tenido suerte, no había tenido ocasión de realizar ninguna hazaña.

Decidió regresar  por otra senda, más estrecha, que se adentraba por el bosque. No llevaba mucho rato cuando oyó un ligero gemido no muy lejos del sendero. Al dirigir la mirada hacia aquel lugar, pudo ver un caballo lujosamente engalanado.  Sin duda algún rico y noble caballero habría ido de cacería y se habría lastimado.  Efectivamente, al irse acercando vio a una persona elegantemente vestida tendida en el suelo y gimiendo de dolor.  El  príncipe bajó del caballo. El desconocido no podía levantarse, parecía  tener la pierna fracturada.  Cruzaron sus miradas y ante los emblemas que ambos ostentaban  se dieron cuenta que ambos se encontraban ante el príncipe del reino vecino. El  herido quedó paralizado,  consciente de  ser presa fácil de su enemigo. ¿Qué haría su adversario? Se miraron en silencio.

Entonces, el príncipe deseoso de hazañas, desenvainó su espada y… la lanzó muy lejos. Luego tendió la mano a su enemigo y le dijo: “No temáis, os ayudaré”.

Le enderezó la fractura y le entablilló la pierna dándole  licor para disminuir el dolor. Le subió a su cabalgadura y  emprendieron la marcha. Llegaron hasta un monte desde donde se divisaba muy próximo el castillo del reino vecino. Una vez allí, se dieron la mano y se despidieron.

Después de seguir con la mirada su llegada al castillo, nuestro joven príncipe dio la vuelta y galopó hasta volver a su hogar.


Al día siguiente el rey convocó a sus tres hijos y después de escuchar el relato de sus tres hijos, concluyó: “¡Cuánto me alegro de escucharos y de comprobar vuestro valor” . Y llamando al más joven, puso su mano sobre el hombro y añadió: “Tú serás el heredero, pues el valor más grande es el de vencerse a uno mismo, pensando más en el bien del otro  que en enaltecerse a uno mismo. Ese gesto que has tenido demuestra un corazón noble,  una valentía y fortaleza superior que traerá la paz y la amistad entre los dos reinos. ”

miércoles, 18 de febrero de 2015

VIAJANDO POR EUROPA: RUSIA. La generosidad.



Siguiendo la programacion temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Rusia, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

 LA LEYENDA DE LA OSA MAYOR

Hacía mucho tiempo que no llovía. Toda la región sufría una  gran sequía. Tanto la gente como el ganado iban  consumiendo sus fuerzas debido a la falta de agua y comida. Se racionaba el agua estrictamente, no había más remedio, los pozos se estaban agotando.

La casa de Erika, una niña de ocho años, no era una excepción. Ese día ya habían agotado el agua correspondiente, no habría más y aun así estaban sedientos. La madre de Erika sufría ahora unas fiebres altas y la pobre niña pensaba que si lograba traer agua y darle de beber se curaría.

Así pues, la niña salió de su casa y se internó en el pequeño bosquecillo que rodeaba el pueblo. Llevaba un pequeño cacito de asa larga. Esa cantidad sería suficiente para curar  a su madre.

La niña anduvo y anduvo. Los riachuelos estaban secos, no había ni rastro de la menor gota de agua. Al fin, cuando se disponía a volver a su casa, encontró una roca de la cual caían, muy espaciadamente, algunas gotas. Erika puso allí su cacito y esperó con inmensa paciencia que se llenara. Cuando después de varias horas lo hubo llenado empezó el camino de regreso a casa.

 Iba con extremo cuidado para no perder ni una sola gota de agua, con lo cual avanzaba muy despacio. A mitad de camino, se encontró con una anciana que sollozaba sentada en una roca.
-           -¿Qué le pasa, querida anciana?
-         -¡Ay, hija, tengo tanta sed! Y como soy tan viejecita me encuentro muy débil, no sé si sobreviviré.

Erika miró su cacito y viendo la necesidad de aquella pobre señora, le dijo:
-         -Beba un poquito de este cacito de agua que yo llevo, verá  como se repondrá.

La abuelita bebió. Sintió de pronto que las fuerzas volvían e inmensamente agradecida deseó suerte a la niña. Erika siguió su camino sin darse cuenta de que el cazo se había vuelto de plata y se había llenado de nuevo.

Era ya casi de noche cuando Erika llegaba a su casa. Justo cuando se disponía a entrar oyó a su vecinito, John, de cuatro años,  que lloraba al otro lado de la valla. A Erika siempre le había parecido un  niño desagradable porque siempre que se enfadaba  daba patadas a todo el mundo. Se acercó y le preguntó por qué lloraba:

-          -  ¡Quiero agua! ¡Quiero agua!
-      - Pues ven, acércate aquí. Bebe un poquito de mi cacito y verás que bien te encontrarás…

El niño se acercó, bebió y sonrió. Se le pasó la angustia y volvió a su casa relajado y contento.  Al fin, Erika entró en su casa. Tampoco esta vez se dio cuenta que el cacito se había convertido en oro y se había vuelto a llenar.

Erika ofreció al fin el cacito a su madre diciéndole:
      -¡Mamá¡!mamá! ¡Te traigo agua! Bebe de mi cacito y  te curarás…

Y así fue, la madre se sintió restablecida. Entonces le dijo a su hija que bebiera también de él, pues le había dejado un poco.  Y justo cuando iba a hacerlo, alguien llamó a la puerta.  Erika abrió y vió a dos metros de la puerta un extraño personaje, un forastero de aspecto estrambótico cuyo semblante reflejaba un cansancio extremo.

       -Por favor, ¿tienes algo de agua para darme?

La niña entró a la casa a buscar el cacito y salió al encuentro del viajero.  Éste lo cogió. De repente, ante la sorpresa de la niña, le dio la vuelta y dejó caer a  tierra  la poca agua que tenía. El cazo se convirtió en un cazo de diamantes y lo lanzó hacia el cielo con inmenso ímpetu. En ese mismo instante, en el lugar donde había caído el agua, brotó con fuerza una fuente y el extranjero desapareció.

-             - ¡Mamá, mamá!- gritó la niña- ¡agua, agua… un manantial de agua!

Erika miró al cielo y le pareció ver brillar en el cielo su pequeño cacito…  que seguirá brillando siempre para recordarnos el valor de su generosidad.



lunes, 2 de febrero de 2015

VIAJANDO POR EUROPA: PORTUGAL. La sinceridad


Siguiendo la programacion temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Portugal, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

Hoja Portugal

Hace muchos años, en un pequeño pero bello reino, vivía un rey muy amable y cortés. Tenía una hija a la que quería muchísimo y veía acercarse la hora de buscarle un buen marido. La joven, por su parte, sabiendo el gran paso que era contraer matrimonio quería asegurarse bien de quien sería el compañero de su vida. Por ello, convenció a su padre para  hacer una singular prueba.

 Un pregonero real hizo llegar a todos los rincones del reino el siguiente comunicado:
“De parte de su Majestad, el Rey, se convoca a todos los jóvenes caballeros del reino al patio de armas del castillo real en la próxima luna llena”.

Allí  acudieron varios cientos de jóvenes. Los reyes y su hija salieron a recibirlos.  Entonces el rey fue llamando, uno a uno, a todos los caballeros para que se acercaran a donde ellos estaban.  El rey los saludaba, preguntaba su nombre y les dirigía unas palabras. La princesa le daba una bolsita de semillas encargándole que las sembrara y cuidara con mimo. Al transcurrir un año tenían que volver de nuevo para ver qué habían conseguido. Entonces el Rey escogería, según los resultados, el caballero al que sería concedida la mano de su hija. Finalmente, todos fueron despedidos.

En dos días el pueblo se llenó de macetas: unas en los alfeizares de las ventanas, otras en los dinteles de las puertas, otras colgadas de las paredes… y todos se pusieron a esperar.

Fue pasando el tiempo.  La noticia de que había aparecido el primer brote en una de las macetas corrió por el pueblo como la pólvora. Pronto empezaron a salir más. En cuestión de unas semanas la mayoría de las macetas ya tenían su pequeña plantita.

Pero de la maceta de nuestro protagonista, el caballero Hernán, no brotaba ni el más triste tallito. “Será cuestión de esperar…”- se decía a sí mismo para consolarse.

Llegó  la primavera y el pueblo se llenó de color. No se hablaba más que de las flores, se porfiaba sobre  cual era la más bonita;  unos admiraban el colorido, otros el frescor y verdor de sus hojas, otros el olor, otros simplemente la belleza de la flor… ¿quién sería escogido como futuro rey? ¿quién se casaría con la dulce princesa? Los jóvenes caballeros las cuidaban con todo esmero, la recompensa bien se lo merecía:  cuando hacía frío las ponían al sol para que éste las acariciara con sus rayos suaves, cálidos…  y cuando el calor y el sol abrasaban,  las protegían en un rincón sombreado. No pasaba un día sin prestales su atención.

Hernán, sin embargo, no tenía esta feliz ocupación. De su maceta… ¡no salía nada! El pobre Hernán decía a sus padres: ¡Qué desafortunado soy! ¡Soy el único al que no le ha brotado nada! ¡Cómo se ríe de mí todo el pueblo!
 Pasó el año exigido y llegó el día esperado. Y de la maceta de Hernán, pese a toda esperanza, definitivamente no salió nada.

Todos los caballeros se dirigieron al patio de armas del castillo con sus hermosas macetas. Todos, sin excepción, tenían unas bellísimas flores, frondosas y sanas; indudablemente demostraban el esfuerzo, constancia y esmerado cuidado de las que habían sido objeto.  La gente estaba admirada ante semejante desfile de color. Se decían: ¡Qué difícil va a ser escoger al caballero ganador, todas son preciosas!
¡Qué apurado estaba el caballero Hernán! Casi no tenía valor de acudir a la cita. Estuvo tentado de quedarse en casa, pero pensó: ¡La princesa quería que volviéramos al cabo del año! Me llamará y  no estaré, pensará que  no he hecho caso de su deseo. ¡He aceptar la  realidad con valor y ser un caballero fiel hasta el final!

Hernán ya no dudó más en ir, aunque, por discreción, se quedó detrás de la multitud que se dirigía a la plaza del castillo, intentando pasar desapercibido. También le animaba el pensamiento de volver a  ver a la princesa, a quien secretamente admiraba, pues en su mirada había parecido descubrir una sencillez y transparencia a la que siempre se había visto inclinado.  Quizás por eso mismo veía procedente  acudir a la cita, era amigo de la verdad y  no de fingir y aparentar.
Ya estaban todos allí, con sus maravillosas flores. Sus compañeros se miraban unos a otros y se reían discretamente de él. Sin embargo, Hernán les decía: ¡Qué suerte habéis tenido, amigos, os felicito, ya veis que poco  afortunado he sido yo …!

Salieron los Reyes y la amable princesa. De nuevo empezaron a llamar a los caballeros uno a uno, esta vez por sus nombres y éstos subían satisfechos con su maceta. Los reyes y la princesa admiraban la belleza de la flor y después lo despedían. Así fueron pasando todos, incluido Hernán. ¡Pobre Hernán! Cuando oyó su nombre sintió deseos de que le tragara la tierra. Subió a presencia de la princesa y le dijo con sencillez: “Majestad, me hubiera encantado cuidar con esmero sus flores, pero ya ve que no he tenido oportunidad, de mis semillas no ha salido nada.”

La princesa le miró y le preguntó: ¿De verdad no te ha salido nada? ¿no será que nacieron y alguien malintencionado te las arrancó?
-¡Oh, no, majestad! Todos los días miraba y las seguía muy de cerca,  tenía deseos muy grandes de que nacieran, pero nunca brotó ni el más mínimo tallo.

La princesa le sonrió y le miró con esa mirada en la que él descubría aquella secreta afinidad. Volvió a su puesto, contento de haber cumplido su deber hasta el final valientemente, pero con el corazón encogido de pena, pues perdía la posibilidad de casarse con la princesa.

Acabado el proceso, los reyes se retiraron a deliberar y al cabo de un tiempo, volvieron a aparecer para hacer público el nombre del escogido. Con solemnidad, el rey pronunció el nombre:  ¡El caballero Hernán!

Todos los caballeros se volvieron a mirarle sorprendidos. Él , por su parte, no podía dar crédito a sus oídos. No comprendía nada de nada. Pero ¡cómo! ¡Si su maceta no tenía flores….!

El rey desveló el secreto: la princesa no había repartido semillas, si no... ¡piedrecillas…! Era imposible que de las macetas brotara nada.

 Todos los caballeros  habían actuado con trampa. Cuando  vieron que no salía nada y pensando en ganar el trono y la mano de la princesa, habían visto bien poner, por su cuenta, buenas semillas. Sólo el joven Hernán había sido desinteresado y verdadero. Había demostrado ser una persona en quien confiar, leal y valiente. Ése era el valor que la princesa deseaba asegurar  en quien iba a ser el compañero de su vida, alguien en quien poder confiar y darle todo su amor sincero…

Realmente era cierta esa secreta y maravillosa afinidad…


lunes, 26 de enero de 2015

VIAJANDO POR EUROPA: POLONIA. La hospitalidad



Siguiendo la programación temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Polonia, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

CUENTO: 

Corrían los años 1920 en un pequeño pueblo de Polonia.  Nikol, un muchacho de unos diez años, vivía con sus padres en una humilde vivienda, algo alejada del pueblo. El padre era leñador, pero hacía unos meses había tenido un accidente: una enorme rama le había caído en la pierna fracturándosela muy seriamente.  Le intervinieron y le mandaron guardar reposo más de un año en una silla de ruedas, si quería recuperar la pierna.

Nikol siempre había colaborado en casa, pero esta situación hizo que  aún lo hiciera más. Cuando volvía del colegio, se desvivía  por sus padres. Tenían un pequeño huerto que cuidaba con esmero, pues de él dependía buena parte de su alimentación. Nikol era un chico inteligente, le gustaba estudiar. El hecho de que le tocara vivir la penosa situación de su padre, hizo que despertara en él el deseo de ser médico para poder aliviar y curar a las personas que sufren.
En su afán por ayudar, tuvo la idea de pintar pequeñas láminas y tarjetas para venderlas en el pueblo, pues se le daba muy bien dibujar. Todos los sábados, cuando había  mercado, Nikol andaba los dos kilómetros  de distancia que separaba su casa del pueblo y allí vendía sus láminas para comprar lo que su madre le encargaba. Nikol estaba muy contento porque aunque era poco lo que le proporcionaban sus dibujos, habitualmente le permitía comprar lo que su madre necesitaba. Llegó el invierno, con sus nevadas y fríos. Aquel sábado amaneció con una fuerte ventisca. Esto no acobardó a Nikol,  quien, poniéndose su gorro y abrigo de pieles se disponía a salir con sus láminas y el cesto de la compra. Cuando su padre lo vio preparado, le dijo:
-Hijo, hace mucho frío y viento, veo temerario salir así…, quizás podamos pasar sin que vayas al pueblo…
-Pero  si tenemos la despensa vacía ¿Cómo vamos a pasar la semana, papá?
Sus padres se miraron, Nikol decía la verdad. A pesar de ello, la madre dijo:
      -Nikol, nos importas más tú.
      -No os preocupéis, sabéis que es preciso ir. Iré con mucho cuidado, conozco muy bien el camino, es imposible perderse.

Nikol, abrigándose concienzudamente salió bajo la mirada preocupada de sus padres.
Realmente afuera hacía mucho frío. Nikol empezó con buen ritmo, quería llegar rápido al pueblo. Aquella mañana apenas había desayunado, prefirió dejarles su ración a los padres, sin que ellos lo supieran.

Eran sólo dos kilómetros, pero ciertamente que la niebla era espesa y se hacía difícil distinguir el camino. Por un momento, la niebla se hizo tan espesa que, sin horizonte que le sirviera de referencia, se desorientó totalmente. Siguió  caminando con la esperanza de reencontrar la orientación, pero tras una hora de camino, se convenció de que estaba  perdido. Notó un frio helador. Llevaba demasiado tiempo al aire libre y los pies y manos empezaron a entumecerse y producirle gran dolor. Al tiempo, se notó débil,  tenía también bastante hambre. No sabiendo que hacer se encomendó al Cielo y volvió a ponerse en camino. Al cabo de unos minutos le pareció distinguir una ténue luz. Era una casita. Se sintió salvado y allí se dirigió. Llamó a la puerta y la recibió una joven señora, con dos pequeños niños que se le agarraban al vestido. Al verle, le hizo pasar rápido y se interesó por él.  Lo acercó al fuego del hogar. ¡Se sintió revivir! Después de un buen rato se sentía mucho mejor; preguntó a la señora por donde se iba  al pueblo. Ella le dijo que ya estaba en él, aunque  vivía en las afueras, pero que al salir divisaría el campanario si la niebla no era muy densa. ¡Qué alegría sintió Nikol! Cuando iba a despedirse, la señora le ofreció un buen vaso de leche caliente.
                -Anda, te irá bien para guardar el calor. Tómatelo.
Como ella insistía, Nikol se la tomó y aquel vaso le pareció la cosa más maravillosa del mundo. Le reconfortó totalmente. Después de agradecérselo salió de la casa y en dos minutos llegó a la plaza del pueblo, donde, afortunadamente pudo vender mejor que nunca sus láminas. Con ello pudo comprar  con mayor abundancia de lo habitual.

A eso del mediodía, la niebla empezó a disiparse. Nikol aprovechó para volver a casa y en menos de media hora se encontraba en su hogar.
¡Qué alivio y alegría sintieron los tres!

Pasaba el tiempo y Nikol sentía que su deseo de ser médico crecía, año tras año, incluso cuando su padre recuperó totalmente la movilidad.
Pasaron aquellos años difíciles. Finalmente, gracias a su esfuerzo y perseverencia,  Nikol consiguió más de lo que había soñado: llegó a ser un médico de reconocido prestigio en un gran hospital, donde se sentía feliz y realizado atendiendo y aliviando con su saber. Pasaron los años.

Un día, al pasar consulta por las habitaciones, visitó a una señora de edad avanzada cuya cara le resultaba familiar. Había ingresado urgentemente aquella mañana. Tenía una enfermedad grave en los pulmones. Debía ser intervenida urgentemente, pues su vida corría peligro. La informaron de todo y Nikol dejó escrito a la enfermera todo el proceso y tratamiento en una nota.
Al salir de la habitación, la duda le repiqueteaba en la cabeza ¿dónde había visto a esa mujer? Entonces llegó la enfermera, con la nota escrita por él, en las manos. La paciente había añadido: “Señor médico, no me intervenga usted, pues no tengo dinero para pagar la operación”

Súbitamente Nikol  recordó donde había visto aquel rostro. ¡Sí! Era aquella joven señora que hace tantos años, con su humilde ayuda, le había salvado de tan apurada situación. Entonces Nikol, emocionado, escribió como respuesta  a continuación en la nota: TODO PAGADO POR UN VASO DE LECHE.

lunes, 19 de mayo de 2014

VIAJANDO POR EUROPA: ALEMANIA. La responsabilidad


Siguiendo la programación temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Alemania, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

Hoja Alemania

CUENTO: DOS GEMELOS MUY DISTINTOS

Había una vez dos hermanos gemelos, Carlos y Alejandro, que eran muy iguales, pero que eran muy distintos. Físicamente se parecían como dos gotas de agua, sin embargo, sus caracteres eran totalmente diferentes. Alejandro era muy dejado y conformista, mientras que Carlos era, lo que se dice responsable.

Una persona responsable es aquella que cumple con sus obligaciones de forma libre y voluntaria, sin necesidad de que nadie vaya detrás constantemente recordándoselas o cerciorándose de que se hagan. Sabe que es su deber y le basta. Además le importa que se hagan bien, no de cualquier manera.

En este punto  de la responsabilidad, Alejandro no llegaba ni al aprobado. No tenía ganas  de trabajar ni de esforzarse y como cumplir con las obligaciones cuesta, prefería dejarlas  pasar. Le daba igual.

Los padres de Alejandro y Carlos pudieron apreciar esta diferencia desde pequeñitos: a la hora de cuidar los juguetes, de estar pendientes de dónde dejaban el jersey o abrigo, de dar los avisos del colegio… Pero cuando la diferencia empezó a inquietar fue cuando empezaron a ser mayores y a tener más deberes y estudio.

Carlos, aunque no es que le entusiasmara el estudio entendía que era su obligación. Que su formación y su futuro dependían mucho de su trabajo de ahora y de su  constancia. El día de mañana quería ser un buen profesional, capaz de hacer un trabajo bien hecho, no de cualquier manera. Cuando en su casa alguna vez habían requerido un servicio, le gustaba que lo hicieran bien y por el contrario le disgustaba bastante cuando obraban con dejadez o hacían una chapuza. ¡No es eso lo que se espera después de haber pagado!

Alejandro, sin embargo, no pensaba tanto. Simplemente no le gustaba trabajar y lo evitaba al máximo. Aunque sus padres le marcaban un horario de estudio, éste era muy poco productivo, muy pasivo, no evitaba distracciones y dejaba pasar el tiempo hasta  cumplir con la hora establecida.

Afortunadamente eran dos chicos muy inteligentes. Así Carlos sacaba todo brillantemente mientras que Alejandro se contentaba con sacarlo medianamente. Total, con aprobar ya tenía bastante.

Fueron pasando los años y llegó el tiempo de escoger carrera. Carlos estaba decidido por medicina. Alejandro, no sé si por ser gemelos o por contar  con apoyo en los estudios, también se decidió finalmente por esta misma profesión.

Y como el tiempo pasa  volando, los dos se graduaron. Alejandro medianamente, con algún suspenso de vez en cuando que después siempre recuperaba, y Carlos magníficamente,  con notas brillantes que le merecieron el reconocimiento y felicitación de todos los profesores.  Debido a esto obtuvo  una beca en un prestigioso Hospital, lejos de su ciudad natal, donde después de terminar  la especialización consiguió pronto una plaza.

Su hermano, sin embargo, terminó y montó una consulta en una población cercana a la de sus padres.

Pasaron los años, Carlos disfrutaba de su profesión, se sentía satisfecho de poder ayudar a las personas enfermas, restaurándoles la salud o al menos, procurándoles alivio y ánimo. Debido a su buena formación  diagnosticaba sin fallar los casos que llevaba. También investigaba en el laboratorio del Hospital, colaborando a mejorar los avances en medicina, otro buen servicio a la sociedad.

Mientras, Alejandro se había acomodado en aquella pequeña ciudad, atendía a los pacientes y no aspiraba a más.

Ocurrió que el padre de los gemelos cayó enfermo y como vivía más cerca de Alejandro le pidió a su hijo que viniera a verle. Éste le prescribió un tratamiento y con él estuvo dos meses, sin mejora; más aún, repentinamente sufrió una fuerte crisis que le obligó a guardar cama.

Cuando Carlos supo esto, pidió unos días de permiso y viajó para ver a su padre. Lo reconoció y pronto se dio cuenta del verdadero mal. Le dijo que iban a probar un nuevo tratamiento que quizás  le fuera mejor, y se quedó con él unos días hasta comprobar que el medicamento empezaba a hacer su efecto.
-    
      - Hijo, este medicamento sí que es eficaz. ¡Qué maravilla! ¡Qué alivio siento en el estómago! me encuentro mucho mejor y estoy recobrando el apetito.

   - Cuanto me alegro, papá, verás que en una semanita estás totalmente recuperado.

   Después de dejar a su padre física y anímicamente recuperado volvió  a su hospital, no sin antes pasar por  el pueble donde vivía su hermano Alejandro.
Tras la alegría del encuentro  y de pasar juntos una agradable cena Carlos emezó una conversación que era necesario tener:
-          - Querido hermano, nos conocemos perfectamente  y bien sabemos de qué pie cojeamos cada uno. Te quiero pedir un favor: que siempre  tengas la valentía de hablarme con confianza y sinceridad cuando veas que necesito un buen consejo. Me  comprometo a escucharte y tenerlo en cuenta. Pero esta vez soy yo quien quiere decirte algo, pues va mucho en ello. El tratamiento que le diste a papá no sólo  no le aliviaba, sino que de seguir con él, le hubiera podido producir una gran hemorragia  en el estómago, hasta el punto de haber peligrado su vida.
Alejandro puso cara de susto.
-          - Sí, hermano,sí… has de tomarte en serio tu formación. Aun estás a tiempo de enmendar lo que dejaste a  medias en la carrera. Cualquier profesión pide ser ejercida en su máximo grado si queremos que sea un auténtico servicio a la sociedad y sirva para tu plena realización. Por  todo ello no podemos permitir que entren la dejadez y la pereza… y menos aún en profesiones tan delicadas como la medicina. Por favor, Carlos, se responsable; lucha, supérate, estudia… sé un elemento constructor y no destructor de la sociedad. Es un deber de toda persona y en consecuencia  hemos de ser responsables  con él. Puedes contar con mi ayuda incondicional.
Alejandro quedó pensativo, mirando a su  hermano en silencio. Al final, logró decir:
-          - Tienes toda la razón, Carlos. He sido un irresponsable. Veo claramente el desenlace de cómo me he tomado yo los estudios y como te los has tomado tú. No, no quiero ser más fuente de problemas, si no de soluciones. Estoy a tiempo de rectificar.



viernes, 28 de marzo de 2014

VIAJANDO POR EUROPA: REINO UNIDO. El arte de hablar.



Siguiendo la programacion temática de VIAJANDO POR EUROPA 
os presentamos un nuevo país: Reino Unido, con su cuento y la hoja del dibujo correspondiente.

Hoja Reino Unido



CUENTO: EL ARTE DE HABLAR

Una región costera del Norte de Reino Unido sufría frecuentes asaltos de barcos vikingos procedentes de los países nórdicos. 


Los vikingos eran muy temidos por su fiereza y crueldad. Las aldeas de esta pequeña región habían sido saqueadas por ellos en varias ocasiones, robaban cuanto tenían, quemaban sus casas y se llevaban cautivos a no pocos hombres y mujeres. La gente de la región pedía al rey que les librara de tales asedios. El pobre rey no sabía que hacer, pues la superioridad del ejército vikingo era incuestionable, tanto en cantidad de hombres, como en armamento y  habilidad guerrera. 


Entonces convocó una reunión con todos sus ministros para hablar sobre el asunto.  Sir Henri era uno de ellos, quien destacaba por su  prudencia y sensatez. Llegaron a la conclusión de que la única solución posible era la de intentar llegar a un acuerdo o pacto amistoso con ellos. Tras varias sesiones, Sir Henry propuso lo siguiente: podría ser beneficioso para ambos intercambiar sus puntos fuertes. Los vikingos tenían un buen ejército y ellos tenían buenas cosechas. Quizás si labraran nuevos campos y construyeran canales, no les costaría mucho aumentar la producción para ofrecérsela a estos pueblos vikingos, quienes debido a las heladas e inclemencias del tiempo en su tierra, no tenían garantía de recoger cosecha cada año. A cambio,  los vikingos podrían ofrecerles protección militar con sus buenos barcos y guerreros, contra cualquier posible ataque.  No les iba a resultar muy costoso, ya que, salvo de ellos, no recibían ataques de nadie.


Al rey no le pareció mala idea, pues aunque esta solución supusiera más trabajo, era incomparablemente más grato  y liviano que reconstruir lo devastado tras cada saqueo y llorar las pérdidas humanas.


Se pusieron manos a la obra. Empezaron a preparar nuevos campos para el cultivo, al tiempo que iban construyendo canales y almacenes. También  aprovecharon para trazar calzadas, anchas y empedradas, con lo cual la recogida de la cosecha se haría cómoda y rápidamente en carros. Como todos los habitantes habían puesto en este proyecto grandes esperanzas, trabajaban con ánimo y empeño.


 Cuando llegó la primavera empezaron la tarea de siembra. Después vino el verano y la cosecha fue muy abundante. Empezaron la recolección y en el mismo tiempo que antes recogían un campo, ahora eran capaces de recoger tres.  Con todas estas mejoras, sin mucho más esfuerzo, aumentaron la producción incluso más de lo esperado. 


Tenían ya cientos y cientos de sacos almacenados cuando una mañana el centinela avisó de la llegada de cuatro barcos vikingos. Rápidamente el rey formó una pequeña comitiva con caballeros y soldados. Entre los que dominaban el idioma vikingo, escogió a Sir Henry para hacer de portavoz, nadie como él para el arte de hablar: siempre respetuoso, educado, pronto a la escucha, reflexivo… y al mismo tiempo valiente para proponer ideas y decir su opinión. El rey pensaba en su interior que si  él no lo conseguía, nadie podría hacerlo.


La comitiva avanzó hacia la playa, ondeando la bandera blanca. Los vikingos bajaron de sus  barcos y un pequeño grupo caminó a su encuentro, iban bien armados.


El rey, Sir Henri y el resto de caballeros no podían evitar sentir un fuerte escalofrío ante tal embajada ¿serían capaces de dialogar o sacarían sus espadas y arremeterían contra ellos? Traían cara de pocos amigos, pero había que intentarlo, el pueblo confiaba en ellos. 


Al fin, ambos grupos estuvieron cara a cara. El rey hizo una reverencia al capitán vikingo. Entonces Sir Henri empezó a hablar. El rey se relajó al oírle, su tono de voz así como su compostura y gestos  transmitían serenidad, cercanía, naturalidad… El capitán vikingo escuchaba en silencio, frunciendo el ceño, mirando fijamente a Sir Henri.  Una vez éste hubo terminado, todos quedaron en silencio. En el  rostro del capitán vikingo no hubo el menor gesto que diera pistas de sus pensamientos. Sólo el tiempo que guardó silencio hacía comprender que interiormente mantenía una lucha entre la inesperada y buena impresión causada por la persona de Sir Henri y su propuesta y su connatural agresividad  que parecía resistirse a ceder por  las buenas.  Después de un pesado silencio se volvió hacia los tres soldados más cercanos, sin duda capitanes de los otros barcos. Uno de ellos, a juzgar por el tono de voz, parecía desconfiado.  Tras esto, el vikingo se volvió de nuevo y dijo algo que provocó en Sir Henri un ligero suspiro y aire de preocupación.

Uno de los acompañantes del rey que estaba enormemente tenso y que guardaba profundo rencor a los vikingos por tantas desgracias que les habían ocasionado,  ante esto, no supo esperar el tiempo que se requería y dando un paso adelante con el rostro malhumorado, se dirigió al capitán vikingo con una frase insultante y provocativa. Aunque los vikingos, afortunadamente, no entendían el idioma, imaginaron por el tono y gestos que aquello era una amenaza, con lo cual todos ellos pusieron mano sobre la empuñadura de la espada que llevaban atada a la cintura.  


Sir Henri reaccionó rápidamente, salvando la situación. Con serenidad pidió  al caballero que por bien de todos, se despidiera con una reverencia y volviera al pueblo, vigilado por un par de soldados.  A continuación  Sir Henri tomó de nuevo la palabra, pidió disculpas por lo ocurrido y continuó la conversación. Acto seguido el rey dio orden de que trajeran los carros con los  sacos de grano cosechado. El capitán vikingo pareció entonces convencido. Sir Henri sacó un pergamino con el acuerdo y ambos jefes lo sellaron. 


Aquel día todos comprendieron la gran importancia y el gran beneficio  que trae ser prudentes, hábiles y educados en el hablar, y el tremendo daño que pueden ocasionar unas palabras impulsivas e insultantes.

Aquel pacto obtenido por Sir Henri trajo una época de paz, progreso y bienestar a ambos pueblos.