jueves, 19 de abril de 2012

VIVIR CON TRANQUILIDAD EN MEDIO DE LA ACTIVIDAD




Hoy en día vivimos en un mundo de prisas, vamos a una velocidad de vértigo. Nos ha tocado vivir en una sociedad muy competitiva, que nos exige, para poder encontrar un hueco en ella, estar muy cualificados. También nuestros hijos. Debemos saber idiomas, informática, matemáticas, hacer deporte…El tiempo es limitado y como hay muchas actividades y tareas que hacer, a parte del trabajo laboral, los horarios son apretados y no podemos perder ni un minuto. Esto puede generar tensión, angustia, stress…
Entonces ¿está bien tanta superación o nos volveremos locos? Quizás puedan ser posibles las dos cosas. Depende de nosotros.

Ciertamente no podemos cambiar esta corriente tan fuerte que sufre la sociedad actual, pero sí podemos aprender a vivir en medio de todo esto. Más aún, debemos vivir con tranquilidad y sosiego en medio de todo esto…si sabemos darle un sentido.

¿Cómo podemos hacerlo?  He aquí algunas pautas:

-Organizarse y priorizar: A veces, aunque nos parezca pérdida de tiempo, ayuda mucho dedicar unos minutos a organizarse el día antes de lanzarnos a la actividad sin pensar. Recordar pequeños recados, citas, llamadas… de ese día y las tareas que queremos sacar adelante a parte de las habituales. Si lo pensamos bien y le damos el orden correcto, quizás ganemos algo de tiempo para poder ir más tranquilos.

Priorizar las tareas y no permitir que se cuele en la lista una actividad de prioridad menor  a otra de prioridad mayor. Por ejemplo, hemos de salir a buscar  los niños al cole y antes preparar la merienda. Pero resulta que quiero acabar de redactar un trabajo o de planchar (que me queda poquísimo), o  tal vez es que me enredo con una propaganda (aunque no tengo la más mínima intención de comprar nada), con lo cual luego se prepara la merienda a toda prisa. Si encima el ascensor está ocupado echaremos la culpa a los vecinos, y ya empezamos a mirar el reloj con nerviosismo. Ya empezamos las carreras… Si somos sinceros, muchos nervios nos evitaríamos si hiciéramos las cosas en orden.

-La constancia es mejor que los “atracones”: Recordemos el cuento de la liebre y la tortuga. A velocidad de tortuga no se suele producir estrés, mientras que a la de liebre apurada que ve que ya no llega, sí. Esto se aplica a tareas de gran volumen (entra en éstas la tarea de la educación), que conviene darles un espacio cada día. También se aplica muy bien al estudio de los estudiantes. Realizar estas tareas o estudiar un tiempo asignado cada día, permite vivir con tranquilidad en medio de mucho volumen de trabajo. Además es mucho más eficiente. En el caso del estudio los contenidos quedan grabados en la memoria mucho más tiempo que si se estudian  al final rápidamente y en el caso de las tareas quedan mejor realizadas ya que da tiempo hasta de llegar a los detalles. Ni qué decir de la educación.
Es mejor vivir equilibrados, los extremos nunca son buenos. A veces dedicamos muchas horas al ocio el fin de semana y luego se acumulan las de trabajar.

-No ser perfeccionistas, que no es lo mismo que gustar de hacer bien las cosas. Se hacen lo mejor posible pero sin ser esclavos de la perfección. Esto sólo nos llevaría a estar insatisfechos constantemente de las tareas, a las que tendríamos que dedicar el doble o triple de tiempo para darles el visto bueno. Seamos realistas con nuestro tiempo y hagamos un reparto de él con sentido común.

-Vivamos en la actividad presente, no en las que vienen después:
Ocurre con frecuencia que realizando una tarea estamos pensando en la siguiente, y cuando llega ésta, en la que vendrá después. La consecuencia de esto es que vivimos  una constante “aceleración mental” que nos produce ansiedad. Además, si un día se presenta algo apretado,  con dos o tres actividades extras (una cita médico, una visita…) vivimos todo el día con una “carga” que es sólo mental  pues las actividades vienen una tras otra, no todas de golpe. Nos iría mejor estar en la que estamos, vivir tranquilos y  detrás de una, otra.

-Dar un sentido a lo que hacemos: Quizás sepáis la anécdota de tres hombres picapedreros. Preguntaron al primero qué hacía y respondió: “Ya lo ves, todo el día sudando y dejándome el lomo, picar una  piedra y luego otra, y después otra… siempre lo mismo…”
El segundo respondió: “Ganando el pan para mi familia”. Sin embargo el tercero contestó: “Pues mira, aunque no lo sospeches estas piedras son para construir una catedral. Quién sabe si ésta misma que estoy trabajando será la que corone la torre más  alta…”
Cuando damos un sentido a nuestro trabajo, las cosas cambian totalmente. Ni más ni menos podemos pasar de vivir a disgusto, amargados y depresivos a  profundamente satisfechos y realizados.
No es lo mismo un médico que piensa que reparte salud y ánimo, que uno que tiene que soportar mil quejas de todos los enfermos. No es lo mismo hacer una comida “de cualquier manera” y porque hay que dar de comer, que hacerla pensando que los míos se la comerán muy a gusto y les aliviará de las tensiones del día. No es lo mismo explicar con impaciencia a dividir a un hijo que hacerlo con cariño y sin prisas, sabiendo que eso es un puntal muy importante en las matemáticas de un niño.

-Dejemos a los niños la enseñanza correcta del “rendimiento máximo”. Hagamos de ellos niños responsables y trabajadores, que luchen por llegar a su máximo, pero no esclavos del trabajo y de los resultados. Que aprendan que lo que vale de una persona es su esfuerzo, no tanto los resultados (aunque frecuentemente van parejos).
Llegada una hora los niños deben irse a descansar, aunque les queden deberes por hacer.  Debemos ver mal que hayan perdido el tiempo o no se haya planificado trabajos y exámenes.  En la parte que nos toca, no debemos descuidarnos (ayudarles a esta distribución y recordársela cada día), pero si por su parte hay despreocupación y pereza creemos que sería fomentársela el permitirles que se queden por la noche  a acabar hasta la hora que ellos quieran. Más aún, de forma implícita reciben el mensaje de que en realidad lo que importa es que se saquen los deberes y la asignatura como sea, no tanto que se esfuercen.

miércoles, 29 de febrero de 2012

EDUCAR LA VOLUNTAD (II)



“Lo siento, no puedo, yo soy así…”

Esta es una de las razones que nos buscamos para vivir  tranquilos, justificados… No es que lo hagamos con mala intención, pero si nos descuidamos podemos llegar a creérnoslo. Y esto sí que es una lástima, porque hay una tremenda diferencia de vivir libre a vivir esclavo de una limitación.
¿Cómo desarrollar la fuerza de voluntad?
Vamos a mantener un símil con la fortaleza física. Si uno se inicia en  un gimnasio, no se propone levantar una pesa de 50 kg. el primer día. Se empieza por poco peso, a veces tan poco, que parece una tontería y que podrías empezar directamente por algo más; pero es conveniente que sea así, pues el objetivo no es cansar, sino  ir preparando y fortaleciendo los músculos poco a poco, con ejercicios suaves y repetitivos. Después se pasa a trabajar otro músculo, luego otro, y así un día, otro día… al final acaba uno hecho un “musculitos”.
La fortaleza de la voluntad pasa por un proceso similar. Hay que empezar por un pequeño propósito, asequible. Cada día. Empezar por poco e ir aumentando paulatinamente. No será difícil  el encontrar alguna debilidad o aspecto a mejorar en nuestra vida; tenemos una amplia y surtida variedad.  A unos les cuesta levantarse cuando suena el despertador; a otros les tira “picar” o comer dulces o chocolate cuando les da la ansiedad; otros quieren dejar de fumar; otros quisieran realizar una actividad conveniente y nunca son capaces de sacarse tiempo; otros querrían saber cortar la lectura de un libro y otros no engancharse en el ordenador…
Lo primero que tenemos que hacer es convencernos de la importancia  de nuestro propósito. Si dudamos no trabajaremos con decisión. Cuando un conductor va a un lugar determinado  y duda del camino, para y titubea en cada bifurcación.  El que está seguro va con resolución y hasta con velocidad.
Después de trabajar la voluntad en nosotros, seremos más eficaces en educar la voluntad en nuestros hijos.
Por si nos ayuda a convencernos veamos unas pequeñas pruebas, aunque muy evidentes, de a dónde nos lleva el tener una voluntad flojísima. Se trata de ciertos problemas de salud debidos a la mala alimentación: 
Una pareja aceptaba con naturalidad (aunque con mucha pena) que su hijo de 10 años tuviera problemas muy serios de estreñimiento porque no le gustaba la verdura ni la fruta, y por el contrario, los dulces y el chocolate desaparecían del armario todos los días. Es muy triste ver a un niño en este estado, pero más triste, mucho más, es que hagamos  a un niño débil e incapaz de por vida.
También se oye hablar de ciertos niños obesos, que, no tanto por razones genéticas u hormonales, sino por sentirse tristes (muchas veces hijos de familias separadas o con problemas) visitan la nevera sin control (no hay quien vele por ellos)  buscando  consolar su ansiedad o soledad… (no con un plato de lentejas obviamente), sino con algo apetecible cargado de azúcares y grasas. Repetimos, es muy triste la salud de un niño, pero más tristísima es la incapacidad de toda una persona; es una vida truncada, con multitud de capacidades que quedarán por desarrollar y por ello de momentos felices que quedarán por vivir.
Cuando nuestros padres nos hacían comer de todo, no sabíamos la suerte que teníamos. Una consecuencia, quizás menos importante es que hemos conseguido  un cuerpo sano y ágil; pero sin duda, lo más importante es que uno ha desarrollado una voluntad robusta que le permite aceptar con naturalidad y agilidad lo que no le gusta y renunciar (con penilla pero sin depresiones) al exceso de lo que no es tan saludable.
Esto aplicado a todos los campos, nos hace ser capaces de ir por la vida disfrutando en su justa medida de las cosas y sabiendo superar las pequeñas frustraciones que la vida ordinaria trae.

Concluyendo, podríamos decir que la voluntad es el arma que nos hace capaces de llegar a nuestro máximo, por tanto a nuestra realización.
Como vemos, la actuación de los padres es decisiva.


¿Cómo podemos ayudar a que nuestros hijos tengan voluntad?

Se nos ocurren dos pequeñas pautas:
1.- Un estilo de no preguntarles tanto.
Esto que parece una tontería, tiene unas consecuencias más que considerables. Aquí corremos el riesgo de caer todos.
            -¿qué quieres para merendar?
            -¿quieres que te apuntemos a inglés?
            -¿te apetece el sábado ir a la ludoteca?
            -¿nos vamos ya para casa?...
Estas preguntas transmiten el mensaje implícito de: “las cosas se hacen si tú quieres, todo es relativo” en lugar de un: “las cosas convenientes se hacen y estamos tan seguros de ello que no nos las cuestionamos”.
Decidnos: ¿qué niño escoge estudiar, comer verdura, ponerse una vacuna, recoger juguetes y limpiar su cuarto?  Todos sabemos que un niño escoge siempre lo que más le gusta, lo que cuesta menos, lo más divertido…, esto es lo propio de un niño, ya que la inmadurez es parte de su esencia.
Cuando uno se va haciendo mayor, va “madurando”, esto quiere decir que su capacidad de razonar aumenta y empieza a comprender que hay que hacer las cosas no tanto porque gusten o no, sino porque son convenientes para nosotros, y a la larga la vida nos irá mejor. A base de hacer esta elección, a base de hacer lo más conveniente, la voluntad se robustece y la razón comprende y se convence al comprobar las consecuencias. De este modo se acaba superando o no teniendo en cuenta tanto las ganas o el gusto, llegando incluso a gustar aquello que inicialmente nos echaba para atrás.
Por tanto, hemos de intentar que los niños “hagan” la opción adecuada, con la mayor frecuencia posible, para ayudarles a comprender, para que lleguen a superar la dificultad inicial. Esto es beneficioso para ellos. Con esta actitud los padres son para los hijos como los postes de sujeción que son colocados a los tallos débiles y flexibles de los árboles jóvenes, a fin de que el tronco se endurezca en la posición correcta.
Si un niño se “robustece” o acostumbra  a la mala actitud, será muy difícil enderezarlo después. Además, si dejamos la decisión en sus manos, lo más probable es que los hagamos inseguros y caprichosos. ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces ellos solos no se atreverán a dar el paso por la opción difícil (aunque con su pequeña razón ya alcancen a ver que sería mejor de otra manera)  y así dan  cabida a una lucha interior “si, no, si, no…” donde acaban claudicando y demostrándose a sí mismos que no pueden. Si las preguntas son frecuentes y deciden lo que les apetece, como la repetición de actos genera hábitos, se generará en ellos el penoso hábito de lanzarse a la opción fácil.
Necesitan nuestro “empujón”, lo necesitan, aunque sea en forma de obligación. Para eso somos los padres, para suplir con nuestra madurez su inmadurez, para que cuando “vuelen del nido” sean personas formadas, seguras, que no les venza la primera dificultad. Pero ¿qué sería de ellos si nosotros actuamos como inmaduros?
Así os proponemos un nuevo estilo. Por ejemplo, volviendo a las cuatro preguntas puestas del ejemplo anterior, podríamos decir lo mismo en estos términos:
-          “Huuum, jamón para merendar…¡qué rico!”
-          Como el inglés es tan importante hoy en día, nos ha parecido que te irá fenomenal apuntarte a una academia. Ya verás como adelantas…
-          El sábado vamos a ir a la ludoteca, pues como no tienes fútbol es una oportunidad genial…
-          Bueno, chicos, es la hora de irnos  a casa ¡vamos!
Esta postura enseña al niño que las cosas se hacen porque hay una razón y por ello ni se pregunta a las ganas ¿qué conseguimos preguntándole a las ganas? Las ganas suelen ser malas consejeras.
Esta postura transmite también la seguridad que antes comentábamos: las cosas que hay que hacer se hacen. Y con este empujoncito, las realizan y pueden comprobar que son capaces y hasta más felices.


2.- Ante una propuesta que hagamos los padres, no echarnos atrás por sus caras, quejas o protestas.
Sabemos muy bien que aprenderían a montar nuevos teatros si ven que así consiguen lo que quieren.
Esto supone que los padres debemos pensar bien lo que les vamos a pedir, ya que luego debemos procurar mantenernos en lo dicho. Esto no se contrapone con escuchar las objeciones que los hijos nos pongan, tenerlas en cuenta y decidir razonablemente en base a ellas. Si un cambio es razonable, les enseñamos también que nosotros estamos dispuestos al diálogo y a aceptar otras posibles soluciones.  Pero si decidimos no cambiar nuestra forma de pensar…pues a actuar con decisión, alegría y buen humor en medio de una tormenta de quejas y malas caras ¡No pasa nada!

 Va muy bien pararnos a pensar de vez en cuando en estas cosas, para que no pierda importancia aquello que realmente lo tiene. Después de querer de verdad, hemos de tener:
            -Estrategia
            -Ayuda
            -Paciencia

Estrategia: Os contaremos un caso real. Una mujer reconocía tener muy mal temperamento. Solía estar siempre de mal humor y  tenía la costumbre de expresar prácticamente todo de manera desagradable. Ella era la primera a la que le gustaría cambiar, ser más amable, pero después de intentarlo una temporada, concluyó: “Lo siento, no puedo. Con genio he nacido y con genio moriré”.
Le propusieron hacer lo siguiente: “Mira, si todo el día no puedes, intenta empezar por una hora”.
Estupendo. Se propuso no enfadarse de 2:00 a 3:00 del mediodía. Tenía una hija adolescente y una más pequeña de 5 años. Un día, la mayor, a la vuelta del instituto, entró en casa casi sin saludar. La madre le pidió algo de ayuda porque andaba algo retrasada en la comida, pero la hija dijo que imposible, que tenía mucho que estudiar y…  se metió en su habitación. A la madre le sentó mal y casi iba a saltar protestando cuando se acordó que de 2:00 a 3:00 no podía enfadarse. Mordiéndose la lengua se fue a la cocina y allí, mientras guisaba aún se notaba encendida: “¡Cuando lleguen las tres vaya si le voy a explicar que es una egoísta y que no es capaz de ayudar ni un poquito siquiera cuando una está apurada…!
A pesar de todo, y con mal humor, se repetía a sí misma: “pero ahora no, no… hasta las tres nada”.
Lo mejor fue que sobre las 2:30 la chica apareció en la cocina y le dijo a su madre: “Mamá, creo que te puedo ayudar; pensándolo bien creo que me va a dar tiempo a todo”.
Estas palabras le sentaron como un bálsamo a la madre. Su enfado se apagó y empezó a alegrarse de haber sido capaz de controlarse. Además este episodio le hizo comprender cómo a veces sólo con esperar se arreglan las cosas y que no “por las malas” se consigue siempre más, que el mal humor es fuente de más problemas. Esto le animó en su propósito y desde luego, hoy por hoy, después de varios años este hábito de lucha es ya parte de su vida y aún con caídas, se siente feliz (ni qué decir los que conviven con ella).

Ayuda: Es realmente difícil que una persona sola pueda luchar y mantenerse siempre con ánimo. El hombre no es un ser para realizarse en soledad; necesita proyectarse en otros; dar ayuda  y ser ayudado. Necesitamos alguien que, desde fuera, nos vea, nos aconseje, nos anime…
Esta ayuda la hemos de buscar. El que busca, halla.
Y no llamemos ayuda a cualquier cosa. No se trata  de alguien que me consuele de forma fácil, dándome la razón porque sí. Es mejor la verdad que el engaño, aunque, indudablemente  complazca más que nos den la razón. En esto debemos ser muy sinceros.  Un buen médico es aquel que te receta lo que remediará tu mal, no el que te deja escoger el tratamiento, el que te deja comer lo que te gusta o el que te dice, por no disgustarte, que sólo es un constipado lo que es un cáncer… Eso sería una traición al enfermo y a la medicina.
Hemos de buscar una ayuda en personas que nos ofrezcan confianza, que intentan  vivir (con respeto a todos) los valores que nos parecen correctos, aunque no sean los más fáciles ni más cómodos… Nos gustó una frase que los niños del cole tenían escrita en un cartel, como pensamiento de la semana. Si no recordamos mal decía: “El mundo está lleno de buenas intenciones, pero vacío de gente que las aplique” (Blaise Pascal). Para nuestro caso, basta una persona que lo intente sinceramente, que sí que las hay.
Además de esta ayuda externa, nos hemos dejado la mejor para el final. En la familia, ¿quién mejor amigo/a, consejero/a, estimulo y ayuda que el que hemos escogido como compañero/a de nuestra vida? Emprendimos esta aventura de formar una familia juntos, con la ilusión de hacerlo muy bien y por supuesto deseábamos ser la ayuda para el otro cuando lo necesitara, pues la vida nos hace pasar momentos duros donde precisamos ese estímulo… Trabajemos ese punto. Ganémonos el corazón del otro, seamos un refugio apetecible donde se pueda descansar en los malos momentos y donde se recuperen los ánimos y las fuerzas. Cuando seamos nosotros los abatidos, pidamos la ayuda con sencillez y cuando sea el otro, seamos positivos y comprensivos. La ayuda mutua será, sin duda, uno de los mayores motores  que nos llevará más lejos.

Paciencia: Se necesita tiempo, indudablemente para unas cosas más que para otras. Todo proceso necesita tiempo. Los mismos niños necesitan años para adquirir una formación intelectual básica. Del mismo modo  debemos asumir que la personalidad debe llevar también un largo proceso de formación.
Pero lo mejor de este proceso, es que puede ser entusiasmante, a pesar de requerir esfuerzo y lucha. Podríamos compararlo con los estudiantes de música. Casi deberíamos pensar que en los primeros cursos, todos deberían sentir un fuerte deseo de dejarlo, ya que su música no suena tan bien como la de sus profesores (podríamos preguntarles también a los vecinos). Sin embargo, ellos experimentan que aquello “va sonando”, que son ellos los que están siendo capaces de hacer sonar “esa música” (que en el fondo es de Mozart, de Pachelbel, Beethoven… y ¡es preciosa!) y se sienten contentos, realizados, en algunos momentos hasta admirados… aunque saben perfectamente que aún les queda muchísimo por lograr. La razón de esta paradoja es que el hombre está hecho para superarse y donde haya “gotitas” de superación allí encuentra satisfacción. Por tanto, no nos engañemos pensando que total, como no lo voy a conseguir, no merece la pena ni empezar. Si sólo esperamos gozar cuando hayamos llegado al final estamos realmente equivocados, porque no existe el final en  el perfeccionamiento del hombre. Además esto equivaldría a decir que el hombre ha llegado a su tope, tiene un límite y de ahí no puede pasar. Este pensamiento sería decepcionante.
Animémonos a empezar, merece la pena.


JUEGO MOTIVACION:
Si empezamos desde muy pequeños este estilo, nos irá mejor. Cuando vengan a darse cuenta estarán bastante habituados y formados en la voluntad. Para motivar a los pequeños a tener constancia y voluntad con los propósitos, vamos a intentar encontrar algo que les anime a  intentarlo. Podríamos hacernos un álbum casero. Como todos tenemos cuentos muy bonitos, podemos calcar los personajes que más les gustan; los recortamos y le damos forma de cromos. Si doblamos tres hojas (juntas) por la mitad, nos quedará un pequeño cuadernillo. Pintamos la portada y en el interior ponemos el título de diez cuentos famosos: Peter pan, Caperucita, Heidi, Los tres cerditos… rotulando las cuatro siluetas de los cuatro personajes principales del cuento, para que peguen allí después los cromos.




Ahora se trata de ganarse los cromos. Para hacerlo más interesante dibujamos en una cartulina un paisaje con un lago y unas barcas (por decir algo). Cada hijo tiene una barca y debe llegar a la otra orilla del lago, en varios pasos. Una vez ha llegado, puede llevarse a uno de los personajes de los cromos  que están allí esperando y vuelve a empezar al embarcadero.
Los cromos van sin pintar, así ellos se los colorean a su gusto y  les queda tan bonito que les gusta remirárselo.




HISTORIA: EL CABALLERO SIR ROLAND

Nuestra historia discurre en un país fantástico, donde existían gigantes, duendes y magos. En un espeso bosque había una pequeña aldea, custodiada por las murallas de un castillo. En una zona pantanosa, no muy lejos de allí, moraban unos gigantes malvados que no les dejaban vivir tranquilos, pues de vez en cuando arrasaban los campos y robaban el ganado de los pacíficos habitantes de la aldea. La gente del pueblo rogaba a su rey que hiciera algo por librarles de esta amenaza y miedo constante. Así, el rey del castillo preparó durante años un pequeño ejército y lo entrenaba diestramente con la esperanza de poner fin a este acoso.
Los soldados contaban con unos escudos que tenían una propiedad mágica. En el escudo de aquel caballero que realizara la acción más valerosa, aparecería una estrella que brillaría con gran resplandor.
Todos los soldados deseaban ver brillar esa estrella en su escudo, por esta razón se esforzaban en sus entrenamientos. Sir Roland era el más joven de los caballeros del rey, estaba muy contento de haber sido admitido en este pequeño ejército y soñaba con servir a su rey y a su pueblo luchando contra los gigantes. Era muy diestro con las armas, siendo del grupo de los mejores. El rey lo miraba complacido. 
Llegó el momento de partir hacia el pantano, a emprender la dura batalla. Se abrieron las puertas del castillo y el ejército empezó a salir entre los vítores del pueblo. Por fin había llegado el momento que Sir Roland tanto deseaba, su corazón palpitaba de emoción ¡tenía muchas ganas de demostrar su valentía!
Pero, he aquí que el rey se le acerca a caballo y le encarga: “Sir Roland, usted se quedará aquí, en las puertas del castillo, custodiando la ciudad. ¡Bajo ningún concepto abandone su puesto!”
El rey dio la vuelta, espoleó el caballo y se adelantó. Sir Roland vio como todo el ejército se adentraba en el bosque.
¡Cómo describir los sentimientos de Sir Roland! Una mezcla de estupor, rabia, e inmensa decepción…El, que era tan bueno con la espada y quería demostrar su valor…hubiera sido una gran ayuda en el campo de batalla…pero allí le habían dejado… a las puertas del castillo…como un niño…
Pero como quería ser un buen caballero, fiel a su rey, no protestó y poniéndose firme inició la guardia. Por la noche, subió el puente levadizo  como era costumbre y a la mañana siguiente muy temprano, lo volvió a bajar y se puso a montar guardia.
Pasó por allí una anciana y cuando lo vio empezó a increparle:
-¿qué haces ahí, soldado? Deberías estar en el campo de batalla, como todos los demás soldados…o ¿es que no tienes el suficiente valor?
Sir Roland no podía contestar pues estaba de guardia, pero sintió ganas de defenderse. Se mordió la lengua. La anciana seguía increpándole. A pesar de sentir hervirle la sangre, Sir Roland se impuso a sí mismo aguantar. Por fin la anciana se marchó.
A media mañana llegó un caballo con uno de los soldados herido, tumbado sobre el lomo. El caballo sabía el camino de vuelta y pasó sobre el puente levadizo. Sir Roland avisó a algunos aldeanos para que lo asistieran. Cuando el caballero pasó al lado de Sir Roland le dijo:
            -Sir Roland, vaya a sustituirme, la batalla está siendo dura y sangrienta.
Sir Roland pensó que ya tenía la excusa perfecta para ir a la batalla. El no tenía miedo a los gigantes y podría combatir valientemente. Entonces, le preguntó al caballero si era un encargo del rey y al tener respuesta negativa sufrió una fuerte duda. Al punto le vino a la mente el recuerdo de su rey diciéndole: ¡Bajo ningún concepto abandone su puesto!
-          No, no puedo ir, debo guardar la puerta del castillo.
-          Pero… ¡qué oigo!...debería darle vergüenza ser tan cobarde…
Al oir estas palabras Sir Roland apretó los puños y sentió que se le nublaba la vista. Cerró los ojos y respiró fuerte mientras oía las quejas y murmuraciones que hacían contra él los aldeanos que  se llevaban al  caballero para atenderle.
¡Qué pensamientos corrían por la mente de Sir Roland esa mañana! A duras penas lograba serenarse y entonces volvía a encenderse  recordando lo sucedido. Lo único que le mantenía era el recuerdo de la orden del rey.
A media tarde, ocurrió otro incidente. Un hombrecillo quiso pasar el puente, pero Sir Roland no lo reconoció como habitante del pueblo. Le cerró el paso y le preguntó qué quería, y éste sacando una espada de debajo de su túnica le dijo:
-Anda, toma esta espada mágica y ve a luchar con tus compañeros, con ella ¡ganaréis la batalla! Sí, es una espada invencible…
Sir Roland quedó atónito. Ahora sí que le parecía un deber coger la espada y marchar a la batalla. ¿Cómo iba a parecerle mal al Rey que dejara el puesto por un motivo tan vital? La batalla seguramente estaba resultando muy dura y su aparición podría ser decisiva… con esta espada salvadora.
-¡Corre, cógela, no pierdas más tiempo, tus amigos están en peligro!
A punto estaba de cogerla cuando le pareció oir con más fuerza que nunca la voz del rey diciéndole: ¡¡No abandones tu puesto bajo ningún concepto!!
Sir Roland retiró su mano y sintiéndose incapaz de vencer esta vez la tentación de escapar corrió al interior  del castillo y empezó a levantar el puente levadizo.
¡Qué a tiempo! El hombrecillo no era más que un engaño, y empezó a crecer, crecer… resultando ser uno de los últimos  gigantes del pantano que tenía ciertos poderes mágicos. Viendo la batalla totalmente perdida había huido y quería jugar la última carta metiéndose en el castillo para incendiarlo aprovechando que estaba desprotegido.
El gigante dio un grito desgarrador y convirtiéndose en humo desapareció. Habían acabado con todos los gigantes.
Al cabo de una hora, Sir Roland, aún aturdido por todo lo ocurrido, oyó el chasquear de armaduras y pisadas de caballos ¡su ejército volvía! Muy contento bajó el puente levadizo y se puso firme con su espada y escudo. El rey y los supervivientes del pequeño ejército entraron al castillo lentamente, volvían exhaustos y malheridos. Todo el pueblo estaba en la plaza de la ciudad, vitoreándolos. Sir Roland acudió a arrodillarse ante el rey. En ese momento, notó que todos le miraban y se produjo un silencio mortal. Alguien llegó a balbucir:
-¡¡ Mi.. mirad!! ¡El escudo de Sir Roland!
Efectivamente, en el escudo de Sir Roland brillaba una estrella  deslumbrante, era la estrella del valor, otorgada al caballero que había realizado la más valerosa de  las acciones: vencerse a sí mismo.



sábado, 28 de enero de 2012

AÑO NUEVO: LA HORA DE LOS PROPÓSITOS. EDUCAR LA VOLUNTAD (I)




Queridos padres, un nuevo año a la vista. Mirémoslo con ilusión y esperanza. Un año nuevo es siempre una nueva oportunidad para progresar. 
Vamos a imaginarnos como empieza el año nuevo una familia formada por Pedro y María, los padres, y sus tres hijos. Una noche, cuando los tres niños ya se han acostado, Pedro le dice a María:”¿Sabes? he estado pensando estos días que creo que tienes razón cuando me sugieres que no debo engancharme tanto en el ordenador, saber cortar con más decisión y ayudarte más con las faenas y los chicos. Sí, voy  a hacerlo. Por favor, avísame si me despisto”
¿A quién no le gusta que le hablen así? Ahora supongamos que es María quien se dirige a Pedro de la siguiente manera: “Hoy me ha tocado la guardia con Marisa, y me he dado cuenta de lo desagradable que resulta convivir con una persona que está siempre quejándose de todo y reprochando a todos. Me he visto reflejada ¡qué horror! Yo también a veces…; de verdad, voy a intentar  callarme un poquito más, no cargar el ambiente con tanto malhumor. Anda, hazme una señal cuando veas que empiezo…”
Todos nos sentimos bien cuando nos hablan así.  Ni que decir tiene que llegaran los tres niños, todos seriecitos y dijeran: “Mamá y papá, hemos hecho una asamblea y este año nos vamos a proponer jugar a un juego que es el “ni No, ni Espera”. No se pueden usar estas palabras, en cambio hay que decir “Sí” y “Voy”. Es que queremos  daros más alegrías y no tantos disgustos.

¿A que es fácil  hacer bonita la vida? Sólo hace falta que yo protagonice esas palabras. De forma sincera y desinteresada. Aunque a primera vista nos pueda parecer mejor que nosotros recibamos del otro esos propósitos de cambio, nos atrevemos a deciros que hay una satisfacción muchísimo mayor cuando somos nosotros los que damos el paso, cuando nos atrevemos a “mojarnos” y dar algo de lo nuestro en favor de los demás. Parece que perdemos, pero en realidad ganamos. Esta es la trágica paradoja que confunde y arruina tantas vidas: pensamos que la solución es esperar pasivamente a que el mundo me sea favorable. Este dar el primer paso es una experiencia que hay que probar, aquí las palabras y argumentos tocan fondo.
Podríamos decir: “Sí, me gustaría, sí, pero… no puedo, es superior a mí… lo he intentado a veces, pero es imposible… soy así”
No debemos engañarnos. Debemos y podemos, pero hay que tener voluntad. Y de eso queremos hablar. Conocimos  un psicólogo que trabajó con menores y jóvenes que tenían comportamientos conflictivos. Les planteaba cambiar de vida, cambiar de conducta:”Tú puedes decidir tu vida. Puedes cambiar, las circunstancias nos marcan, pero a pesar de todo podemos vencerlas y cambiar. Tú decides”
Esto despierta unos sentimientos nuevos, de confianza. Y no es un engaño. Es una realidad: nosotros podemos luchar y vencer situaciones, incluso nuestro propio carácter. Ciertamente no es tarea fácil, pero con voluntad y ayuda se puede.

¿Qué os parece aprovechar el inicio de año para hacernos un firme propósito de mejorar en algo? Los que nos rodean se lo merecen. De hecho, así esperamos que actúe cualquier institución, empresa… y hasta los gobiernos; que hagan balance a fin de año para evaluar los puntos a mejorar y así, ofrecer, al siguiente ejercicio, un servicio mejorado. Por tanto, sería muy natural que a nivel personal  actuáramos así.
Una vez empecemos, habremos de contar, por supuesto, con muchos intentos fallidos. No bastan los buenos deseos. Hemos de ver con naturalidad y con ánimo nuestra gran debilidad. Como en tantos logros de la vida, el secreto está más en la constancia y voluntad que en las habilidades. Todo aprendizaje se basa en una práctica, sembrada de intentos, hasta que se adquiere un cierto dominio. Hay pues, que trabajar con voluntad.


¿ES TAN IMPORTANTE TRABAJAR LA VOLUNTAD?

¿De qué nos sirve el mejor coche del mundo sin gasolina? Eso es la voluntad en las personas. Para entenderlo mejor, vamos a pasarnos por un momento al plano de los hijos, porque, no sé qué nos pasa, que en los otros lo vemos siempre más claro. Apliquémoslo, por ejemplo, al plano del estudio.
¿No os parece que en nuestros hijos, quizá en muchos jóvenes de hoy en día, apreciamos mucha falta de voluntad para estudiar? Y sin embargo, hay gente realmente capaz.
¡Cuánta inteligencia desperdiciada, por falta de voluntad…! ¡cuántas habilidades, ingenio, energías, talentos desperdiciados… sólo por falta de voluntad!  Es como si en una zona de gran sequía, donde el agua es un recurso muy limitado, se abriera un grifo o una fuente y se dejara correr el agua, indefinidamente… sin que nadie la aprovechara. Todos con necesidad, pero viendo correr el precioso bien. Así es, el mundo lleno de necesidades, y los que pueden poner remedio…
Ver  a un joven paralítico, nos mueve a compasión. Pensamos: “en plena flor de la vida y…” ¿No os parece que hoy en día hay muchos jóvenes “paralíticos” de voluntad? ¡Qué lástima! En plena flor de la vida e incapaces ya de hacer algo, de aportar… y sin embargo tenemos una sociedad y un mundo con muchísimo aún por arreglar y mejorar. ¿Habéis pensado alguna vez que el investigador que descubriera el remedio contra el cáncer  hubiera nacido hace ya años y… él (y sus padres) se contentaron con ir sacando aprobados sin estudiar, que eso ya era mucho?
A nivel de investigación, de ciencia… hay mucho por hacer, pero a nivel humano  queda más aún por hacer. Hasta que África (por decir una zona de tantas) sea convertida en un primer mundo a nivel de colegios, hospitales, carreteras, industria… queda mucho por hacer. Y para todo eso se necesitan personas con gran formación y ganas de trabajar.
Hemos de enamorar a nuestros hijos, a nuestros jóvenes de esta meta. Si estudian con voluntad llegarán a tener una capacitación y formación para alguna de las mil facetas que el mundo necesita desarrollar.  Se necesitan profesionales competentes, gobernantes competentes y acostumbrados a proyectarse en favor de los demás y no de sí mismos.
Para llegar a esto se necesita empezar ya, con voluntad. Voluntad, fortaleza para hacer lo que en realidad quieres y  no tanto lo que las ganas nos sugiera. Con voluntad podemos llegar a nuestro máximo, por tanto, a nuestra realización. Ser capaces de llevar el timón y no dejarse desviar por el viento, mucho menos por una suave brisa. Una persona sin voluntad es como un barco a la deriva, se lo lleva la corriente.
Por tanto, se necesita voluntad para no caer en situaciones que arruinan a la persona, pero también se necesita voluntad para no dejar de hacer todo el bien que una persona puede.
En los hijos es fácil de comprender todo esto, pues el instinto de padres, esa responsabilidad que sentimos,  nos  hace luchar por  su formación y desear que ellos lleguen muy alto en la vida. Nos sentimos muy pagados, muy satisfechos con sus logros ¿verdad?
Una vez comprendida la necesidad de educar la voluntad, hemos de trasladarla a nosotros mismos. Hemos de ser sus maestros. No olvidemos tampoco que, el mundo  está esperando también nuestra actuación. Sí, nuestra pequeña pero importante aportación. Si queremos hacerla con esmero y gustando del trabajo bien hecho, también nosotros necesitamos tener una buena dosis de voluntad.
Os vamos a poner una historia real que nos ayuda y motiva a desear esta cualidad.


JACKIE ROBISON (Jugador de béisbol)

A Jackie le gustaba jugar béisbol más que nada en el mundo y tenía aptitud para ello. Corría como un galgo y era capaz de lanzar la bola a un kilómetro de distancia de un bateo. Soñaba con participar en las ligas principales en medio de los gritos de entusiasmo de miles de aficionados. Pero tenía un problema. Corría el año 1945 y él era negro. En aquellos años en Estados Unidos aún existía la penosa e injusta costumbre de no admitir a los negros en muchas actividades junto a blancos. Así, existían las ligas principales (sólo para blancos) y los negros jugaban sus ligas.
Un día, el entrenador de los Dodgers de Brooklyn (uno de los equipos de las ligas principales), Branch Rickey, quiso entrevistarse con Jackie Robison, pues reconocía en él un gran jugador y le pidió que jugara en su equipo. Jackie no daba crédito a sus oídos. Branch le dijo que no sería fácil, pues a mucha gente no le iba a gustar que jugara con los blancos, le abuchearían, le insultarían, incluso algunos árbitros serían injustos con él…
Sólo una cosa podría solucionarlo: que tuviera la fuerza de voluntad suficiente para no contestar ni perder la paciencia; que fuera capaz de conservar la tranquilidad y jugar lo mejor que pudiera. Así  no daría motivos para ser expulsado del béisbol.
Jackie se lo pensó muy bien, pues no era fácil de cumplir, pero mirando a los ojos del señor Rickey dijo: - Lo haré. Lo prometo.
Primero estuvo jugando en un equipo filial de los Dodgers llamado los Royals de Montreal. Ocurrió todo lo que el entrenador había predicho. Algunos jugadores lo insultaban, otros se negaban a jugar con él, otros lo pisaban o empujaban en el campo; los lanzadores le arrojaban la pelota con intención de golpearlo. Incluso un policía lo amenazó con arrestarlo si no abandonaba el campo de juego.
Esto hería profundamente los sentimientos de Jackie. A veces se enojaba tanto que le entraban ganas de alzar los puños y devolver el golpe. Entonces se acordaba de su promesa y se decía a sí mismo: ¡No! No contestaré. Tengo que mantener la calma, tengo que ganar.
Al año siguiente fue a jugar con los Dodgers ¡por fin estaba en las ligas principales! Durante el primer partido todas las miradas estaban sobre él. Sabía lo que se jugaba y le temblaban las piernas. Cuando llegó su turno, salió a la base y golpeó la pelota con todas sus fuerzas. La multitud oyó el golpe seco del bate y vio como la pelota volaba y volaba y seguía volando hasta salir por encima del muro más lejano del estadio. Jackie recorrió todas las bases y todo el mundo comprendió que era un jugador de béisbol extraordinario.
A pesar de eso, sus problemas no habían acabado, de hecho siguieron insultándole, empujándole… pero él cada vez que salía al campo, renovaba su propósito de mantener la calma… y no dejó de jugar maravillosamente al béisbol.
Un día, uno de los compañeros de su equipo, un jugador llamado Pee Wee Reese, cruzó el campo para charlar con él. Mientras hablaban le puso una mano en el hombro con gesto amistoso y un fotógrafo les sacó una instantánea  juntos. Los periódicos de todo el país publicaron la foto. El mensaje era claro: había jugadores blancos que sentían simpatía por Jackie, sabían que era un gran jugador y querían tenerlo en su equipo. No les importaba el color de su piel.
A partir de entonces, cuanto más jugaba más respeto se granjeaba y cuando acabó su primera temporada fue proclamado el mejor jugador nuevo de la liga.
Desde ese momento, empezó a haber judadores de color en las ligas principales de los Estados Unidos.
Gracias  a su fuerza de voluntad consiguió el sueño de su vida y sin pensarlo, algo aún mucho más grande,  marcó en la historia un gran paso a favor de la igualdad y el respeto a todos los hombres, independientemente de su raza.

martes, 27 de diciembre de 2011

NAVIDAD: CORAZÓN UNIVERSAL. TOLERANCIA, MÁS AÚN, AFECTO.




Queridos amigos, llegan estas fechas tan deseadas de Navidad. Es un tiempo que suscita sentimientos  entrañables. Todos nos deseamos felices fiestas y por unos días parece que esta sociedad algo fría se torna más cálida, nos sentimos más cercanos, más familia. Esto nos hace sentirnos más a gusto.
Podríamos  imaginar (también es tiempo de sueños e ilusiones) qué sería de este mundo si todos pidiéramos para Reyes un corazón nuevo, en concreto, un corazón UNIVERSAL.
Un corazón universal donde cupiera cualquier tipo de persona, independientemente de su nacionalidad, ideología, incluso de su aspecto físico o capacidades humanas. Vamos a hablar de esto un poco, pues si nosotros, padres y madres, lo comprendemos más, sabremos transmitírselo mejor a nuestros hijos, que tanto lo necesitan ahora en su convivencia escolar  y en el futuro, en su vida social.

Se habla mucho de la TOLERANCIA, aceptar al otro y respetarlo. Está muy bien. Pero se queda bastante corto. Dicen que los antiguos arqueros para dar en el objetivo apuntaban con sus ballestas a un punto más alto que el que querían alcanzar, porque sabían que la flecha a partir de un momento adoptaría  una trayectoria descendente y así vendría a clavarse en el blanco.
Quizás así hemos de actuar nosotros. A las personas no sólo hay que “aceptarlas”, “tolerarlas”, (que suena a cierta  resignación), sobrellevarlas como quien lleva una carga pesada o una circunstancia adversa porque no queda más remedio… No, a las personas les debemos más, muchísimo más… Les debemos un gran respeto, les debemos “afecto”. En realidad este “afecto” es un acto de justicia. Hemos de reconocer que cada persona  es una riqueza para los demás y que todos, aún con limitaciones, tenemos muchas  cosas buenas. 

Y este afecto debe ser a todos, incluso a personas con las cuales la prudencia nos dicte mantener cierta distancia. Este afecto no anula el sentido común.  Este afecto no nos hace ciegos a los puntos negativos de la persona, sino que nos hace mirarla con ojos comprensivos y con esperanza de que pueda cambiar. Seguro que tiene cualidades aún encubiertas, o sofocadas por circunstancias de las que ha sido víctima. También es justo reconocer que a nosotros  también nos tienen que soportar otros y nos gusta que tengan la consideración de comprendernos y darnos un margen ancho cuando lo hacemos mal.  Cuando veamos fallos en los demás, además de sacar la conclusión de lo “interesante y conveniente” que resultaría que se los quitara, deduzcamos la de que es igualmente interesante y conveniente que  me quite yo los míos.
Así somos los seres humanos. A veces dignos de  admiración y a veces de lástima.  Cada uno con lo que es y lo que lleva (preocupaciones, inquietudes, problemas…) andamos por la vida “azotados” por muchos vientos. Somos el resultado de infinidad de factores: la educación recibida, las circunstancias que nos han tocado vivir, de nuestro modo de pensar, de nuestro propio carácter e incluso de nuestro  físico… ¿cómo atrevernos a enjuiciar con menosprecio?

El tener tolerancia, respeto y afecto a las personas no quiere decir que todo lo que haga esté bien y sea excusable; que lo tenga que aceptar como posible o válido. No, ni mucho menos. Nos gustó una vez la declaración de un médico que decía que hay que luchar contra la enfermedad pero no contra el enfermo. Es evidente ¿verdad? Pues igual de evidente tendríamos que verlo en el plano de la forma de pensar de las personas. Hay distintas formas de pensar, ideologías… más o menos válidas,  pero también hay errores. Si una persona vive en el error, hay que detestar al error, no a la persona. A la persona hay que quererla y ayudarla a salir del error (obviamente respetando su libertad, proponiendo amablemente, no imponiendo).También es verdad que hay muchos niveles de error. Si el error es grave y daña o repercute en terceros sí que habrá de tomarse medidas. Por ejemplo, si alguien vive en el error de utilizar la violencia por capricho o como medio para conseguir sus fines, se habrá de tomar medidas para evitar males mayores. La persona nos ha de inspirar lástima más que rencor. La violencia como respuesta a la violencia no es fuente de soluciones, sino de problemas mayores. Sería más eficaz ayudarle a buscar un camino mejor.
Supongamos que un niño del colegio muestra actitudes ariscas con el resto de compañeros, incluso con el nuestro (¡prueba de fuego!). Pensamos que lo ideal es intentar “ganarnos” su amistad. Más vale tener amigos que enemigos. Quedaremos muy sorprendidos de los problemas que se resuelven si hacemos por coincidir con él en el parque y simplemente invitarle a jugar con todos. La mayor parte de las veces estas actitudes ariscas vienen de una carencia de afecto muy grande.  También produce muy buenos resultados saludarle con cariño cuando nos crucemos con él y mantener un trato natural y amable (aunque por otro lado, en algunas ocasiones pueda ser interesante evitar coincidir con él, discretamente, para  evitar posibles males). 

Es muy importante saber vivir en este mundo rodeado de personas de mil formas y colores, que piensen de forma muy distinta. Obviamente todos tenemos unos criterios que nos convencen y dirigen nuestras actuaciones.


Pero…¿es posible convivir con personas que tienen una forma de  pensar diametralmente opuesta a la nuestra?

Pues sí. Tengo la suerte de haber visto esto en algunas personas, y es todo un gusto estar con ellas. Con una de ellas salió una conversación sobre un tema interesante; nos dimos nuestras razones, nos escuchamos, hasta dudamos de nuestra versión (ninguna estuvo cerrada a lo nuestro); estuvimos considerando los pros y contras… a pesar de todo acabamos teniendo opiniones totalmente contrarias; finalmente la otra persona terminó el tema con una sonrisa diciendo: “Pues sí, pensamos diferente”.
Me encantó y dejó admirada su actitud. Así debería ser. Con resolución, con respeto total, con naturalidad, sin miedo... Cuando el diálogo se basa en estos principios no hay miedo de nada.  La garantía de la amistad es este profundo respeto probado en las diferencias, más que la unión en las afinidades. Además, si sólo fuera por afinidad, nuestro círculo de amigos sería muy reducido. Es mejor ampliarlo, es mejor que todos seamos amigos, es mejor un  corazón universal. Con un corazón universal, todos nos enriqueceríamos, las diferencias serían ventajas pues veríamos de forma más completa la realidad, ya que desde mi punto de vista puedo dejarme ángulos sin ver.
Podríamos sacar esta fórmula:
Saber ver, escuchar…, saber reflexionar…, saber decidir…, saber ser libre y consecuente”
Saber ver, escuchar: supone ver actuaciones o escuchar opiniones con mentalidad abierta.
Saber reflexionar: valorar pros y contras, madurar las ideas, sinceramente, sin intereses (que tenemos muchos ¿ no es verdad?), sin miedo a encontrar otra verdad mayor.
Saber decidir: optar por la verdad que te parece más verdad, más justa, aunque no sea la más fácil.
Saber ser libre y consecuente: si una cosa nos parece que es así, seamos consecuentes en hacerla, sin miedo ni prejuicios; estamos en una democracia ¿no?
Fijémonos la ventaja que tiene vivir esta fórmula para transmitirla de manera natural a nuestros hijos. Imaginemos un caso habitual: Cuando nuestros hijos nos piden comprar algo.
“Ver/escuchar”: Ven que sus compañeros tienen algún juguete, maquinita o colección… que está de moda y nos lo piden;
“Reflexionar”: nos toca dialogar con ellos, pensar si ya han tenido algo parecido hace poco o no, si no será redundante o excesivo; decirles que en la vida van a tener que tratar con muchas personas  y que cada uno ha de hacer lo que crea más conveniente, que aunque muchos tengan un juguete no es obligatorio tenerlo…
“Decidir”: después de todo lo considerado, decidimos:”sí, es un juguete conveniente” o “no nos aporta mucho y no vamos a comprarlo”. Si la decisión es conjunta mejor, si no, la tomamos los padres pues para eso somos los que tenemos uso maduro de razón y la responsabilidad de formarlos. No podemos dejar en manos de un inmaduro las decisiones que atañen a su formación.
“Ser libre y consecuente”: aunque me asalten dudas de:”todos lo tienen”. Lo lógico es actuar conforme a lo que uno cree mejor. No ser personas veletas que se  mueven según sopla el viento o las  modas.
Si actuamos con esta libertad, entenderemos que los demás también la tienen y nos será más fácil comprender que otras personas actúen de forma distinta a la mía. Nos será más fácil comprenderlos, respetarlos… con toda naturalidad. Con esta mentalidad, con este corazón universal,  todos salimos ganando, pues no hay unos contra otros,  sino distintas aportaciones, distintas visiones… sobre las cosas y problemas. Si aplicamos fuerzas en la misma dirección (progresar, encontrar la mejor solución…) éstas se suman; si tiramos en  direcciones contrarias, se anulan.
Sí, en estas fechas pidamos a los Reyes un corazón universal. ¡FELIZ NAVIDAD!


ACTIVIDAD NAVIDEÑA: HACER CON NUESTROS HIJOS UN BELEN SENCILLO Y BONITO

Vamos a proponeros pasar unas tardes agradables con vuestros hijos, realizando un belén con materiales que no cuestan dinero: cartones, piedras, palitos y hierbas. Veréis también como la imaginación se dispara y sois más artistas de lo que pensáis.

Puesto de mercado de alimentos:
Con una caja de cartón, recortada a gusto, pegamos palitos en el tejado para que nos quede un tejado original. El mostrador es otra caja más pequeñita, adornada con un trocito de  tela a modo de mantel. En él ponemos cajitas hechas de papel con distintos alimentos.



Puesto de alfarería:
Con una caja de leche invertida  y recortada dejando las cuatro esquinas como columnas. El techo lo cubrimos con un papel de rayas que parezca una lona. Las piezas de alfarería son hechas con barro y los artistas que se luzcan lo que puedan.




Puesto de carnicero:

Es el extremo de una caja de tetrabricks de leche. Lo hemos desmontado y puesto del revés para aprovechar el color del cartón. Hemos pintado los ladrillos con rotulador granate, le hemos puesto una cortina en la puerta y ésta la hemos decorado con  un simulacro de piedra. En realidad es una masa de harina que se maneja muy bien. Se adorna el tejado con tablitas o cortezas y finalmente le hemos enganchado con encuadernadores una lona en un lateral para que parezca un pequeño toldo.

 

Receta de masa de harina: 2 vasitos de harina, 1 vasito de sal y 1 vasito de agua. Se amasa bien y queda como una masa de plastilina blandita.
Le damos forma de piedra o ladrillo y la ponemos sobre el cartón. Se queda pegado y no necesita ni pegamento. Con las horas se va endureciendo, puede tardar varios días en acabar de secarse. Puede hacerse lo que queráis, nosotros hicimos un pozo (se ve a la izquierda del puesto de alimentos), un corral y un lavadero.

Corral:
Los ladrillos son muy fáciles de hacer, no se necesita ser muy habilidosos. Podéis pincharle palitos, pues la masa es blanda y cuando endurece quedan colocados. También  se pueden hacer vallas con palitos y cuerdas.


 Lavadero:

Con una caja pequeña de zapatos, le doblamos hacia el interior un trocito de los cuatro laterales y allí pegamos losas hechas con la masa de sal. También las piedras que rodean el frontal de la fuente son de la masa de sal. El caño es un boli transparente.




Huerto:
También se pueden atar palitos para hacer unas vallas, y adornar todo con piedras, tierra y pequeñas hierbecitas. Hasta podemos hacer un pequeño huerto con tomateras y hortalizas de plastilina.



 Oasis y palmeras:

Es fácil hacer un oasis con palmeras y arena. Las hojas de las palmeras se hacen con tres trocitos de cartulina. Cada cuadradito de cartulina lo doblamos por las dos diagonales. Les cortamos un piquito como indicamos en la foto y luego a cortar finito para que parezcan las hojas de palmera. Luego las ponemos atravesadas en un palo. ¡Ah! No os olvidéis de los cocos, son cereales de chocolate.



También se puede hacer un molino, hay envases con forma tubular. Se adornan con la masa de harina (o arcilla) a gusto. Las aspas pueden hacerse con telas cosidas a unos palitos de pinchos de madera o con rejilla de mosquitera oscura.
¡Qué os divertáis!